viernes, 9 de abril de 2010

30 de junio /// hamburgo

Promethéo tiene 28 años. Es el hijo mayor de un prestigioso guitarrista italiano y una alemana que no se cansa de malcriarlo a él y a su hermano menor, Daniel. Los hermanos son DJ's, pasan música en festivales, bares o donde sea que tengan que hacerlo, como por ejemplo la fiesta de Thurston en donde nos conocimos. De todos los hermanos que conocí, son uno de los pares más unidos que vi en mi vida. Théo y Daniel son tan unidos que viven en departamentos diferentes en el mismo edificio.

Théo vive en la planta baja. Tiene muchos discos de vinilo, un par de bandejas, un mixer y muchas cosas inherentes al mundo de los djs. También tiene una cama grande: es un chico alto y si bien es algo moreno (aunque quemado por el sol) tiene los ojos celestes más grandes, brillantes y cálidos que haya visto en mi vida. Debajo de sus ojos, ojeras mediterráneas marcadas y moradas. Théo tiene la nariz ligeramente quebrada en el tabique y le gusta decir que él es todo lo italiano que puede ser, mientras que Daniel heredó todo el costado alemán de la mezcla de sus padres.

Sus gatos Uschi y Bronko también son hermanos.

J: Do you think they know they are brother and sister?
T: I think they just think they belong together.

Aparte de la música electrónica que suele pasar, a Théo le gusta el hip-hop: con él descubrí la variante alemana del rap, algo muy llamativo y raro para mí, que no entiendo ni un ápice del idioma. Uno de los discos favoritos de Théo es Psyence Fiction de Unkle, un disco, al decir de Théo, completamente hecho con la cabeza.

¿Música hecha con la cabeza?

Al hablar sobre sonidos, rápidamente descubrimos que nuestros gustos, si bien con puntos en común, eran un poco diferentes. Théo llegó a la conclusión de que a mí me gusta la música hecha con el corazón, mientras que él prefiere la música hecha con la cabeza.

Para él la música hecha con el corazón es algo anticuado que por algún motivo no puede alcanzar su sistema y por eso no le gusta. Supongo que es parte de ser alemán.

Aquella mañana me desperté con un fuerte dolor de espalda, el sillón era un poco incómodo y no tenía idea de la hora que era aunque el sol brillaba a través de la ventana.

Me levanté y fui hasta la habitación de Théo.

Esa fue la primera vez que vi esa cama tan grande.

Théo dormía y ocupaba menos de la mitad del espacio. Así que después pensarlo por un par de segundos decidí acostarme al lado. Él sintió la nueva presión al costado de su cuerpo, el colchón ligeramente hundido.

Me acerqué para mirarlo bien de cerca mientras dormía.

Con los ojos aún cerrados me agarró de la cintura y me besó.

El primer beso.





Algunas horas más tarde nos levantamos y una vez estuvimos en la cocina me preguntó que quería desayunar. Yo sólo tomo chocolatada así que le pregunté si tenía. No dijo nada y salió de la casa precipitadamente, así, en calzones y remera. Volvió a los pocos minutos: en una taza transparente traía nesquick, lo había ido a buscar al departamento de Daniel. Me preparó la cocoa y el tomó café en una taza anaranjada con el logo del jägermaister. También hizo tostadas.

El mediodía había ocurrido hace algunas horas y yo tenía que volver al hostel, buscar mi pasaporte y llevarlo a la oficina de Ryan Air antes de las seis de la tarde.

Volvimos a la cama.

Finalmente nos levantamos y fuimos al hostel a buscar el pasaporte. En el camino encontramos una especie de negocio de segunda mano lleno de cachivaches. Entramos y esa fue la primera vez que vi una hermosa lampara con forma de gato. Era muy incómoda como para viajar con ella. Pero deseé poder tenerla.

Luego fuimos a la estación central, terminé el trámite y caí en la cuenta: al día siguiente tenía que partir hacia Londres.

Nos fuimos de paseo por el centro de Hamburgo.

El estado de fascinación mutua era tal que me pidió que me quede en su casa esa noche también. Así que fuimos a buscar todo mi equipaje al hostel.


Esa noche cocinamos algo con albahaca y bailamos canciones de hip hop en la cocina. Esa noche hablamos sobre muchas otras nimiedades y el piso de madera gastada y los gatos que ibanvenían y el plástico con estampado de flores pegado a la mesa.

La cama con esa funda amarilla y el edredón gigante, pesado a un costado.

Esa noche nos quedamos dormidos dándonos besos.


A la mañana siguiente, Théo dijo


-Do you want some cocoa?


sábado, 16 de enero de 2010

29 de junio /// hamburgo

La mañana del lunes 29 de junio en Hamburgo fue una bastante, bastante soleada. Al punto que hacia las siete de la mañana el resplandor del sol en la ventana me hizo despertar y en cuanto miré a la derecha, ví que en la cama de al lado un punk de pelo rosado dormía junto a una chica que se babeaba un poco.



Seguí durmiendo.


Un par de horas después, abrí los ojos de nuevo, pero esa vez, la chica al lado del punk ya no estaba. Por el contrario, el chico punk estaba armando la mochila.



Seguí durmiendo.



Algunas horas después, cuando todos en la habitación se fueron, me levanté, me arreglé un poco y salí a buscar algo para desayunar y a hablar por teléfono: el número de Théo en mi bolsillo.


Ir al supermercado en Alemania, cómo ya mencioné antes, es una experiencia extranatural por excelencia.



Y en ese momento, Alemania me pareció ser el único lugar del mundo dónde, en el supermercado, le dedican más de una góndola a los productos hechos de chocolate.



Las galletitas tenían chips de verdad y simplemente eran chocolatosamente interminables.



Antes de pasar por el supermercado, fui a hablar por teléfono.



Llamé por primera vez y me atendió una chica que dijo que llame a Théo al cabo de cinco minutos.



¿Una chica? ¿Qué me decía que llame de nuevo en cinco minutos? ¿Que Théo no podía atender?



Empecé a sentirme un poco tonta, pero en el súper me distraje con las variedades de salchichas -frankfutern- en la sección de congelados.



Pagué mis cosas y volví al kiosco para llamar a Théo. Un ring, dos ring, voz de mujer. puta madre.



"Théo sez jis gouin tchu pik iu ap at seven at de joustel"



"Théo me va a pasar a buscar a las siete por el hostel. Si!" pensé.



Esperaba para pagar la llamada cuando un pibe de aspecto punk, raro y descuidado entró al kiosco. En su hombro izquierdo llevaba algo que parecía una rata muerta. Pero no podía ser una rata muerta. ¿Estaría viva? ¿No sería raro que aunque esté viva luzca como muerta?



Pagué y me fui.



Desayuné en el hostel y empecé a pensar que si quería llegar a tiempo al concierto de Blur en Londres aquel miércoles, debía comprar un pasaje lo antes posible.



Chequée mis opciones en internet, pero para comprar un pasaje barato necesitaba tener una tarjeta de crédito. Y la tenía, pero simplemente no quería usarla porque la idea era tenerla en caso de emergencia.



Así que se me ocurrió salir a buscar una agencia de viajes o alguna forma de llegar a Londres desde Hamburgo.



Caminé algunas cuadras cuando me topé con Thurston. Él iba al banco, así que lo acompañé ya que me invitó a desayunar luego de hacer lo que sea que tenía que hacer en el banco.



Durante el desayuno, le conté sobre el asunto que tenía con el pasaje a Londres. Me dijo que podíamos ir a una agencia de viajes que estaba cerca de ahí. Él pidió un café, yo una coca-cola. La mesera nos sacó una foto con mi cámara. Algunas personas lo saludaron (evidentemente Martin tenía razón y era popular en el vecindario), pagamos y nos fuimos.



En la agencia de viajes, descubrí que un pasaje para salir hacia Londres al día siguiente o al siguiente, salía más de 150 euros que no estaba dispuesta a pagar.



Fuimos a la casa de Thurston y chequeamos pasajes en internet. No eran mucho más baratos y aparte, necesitaba una tarjeta de crédito. Thurston ofreció prestarme la suya, pero no podía aceptarlo. Le dije que iba a buscar otra solución, que no se preocupe, que usualmente consigo lo que quiero.



Así que nos despedimos y me fui al centro de Hamburgo a buscar un pasaje a Londres, ropa barata en H&M o lo que sea que tenga que encontrar.



Hamburgo es una ciudad portuaria. Hay bares que podrían frecuentar los marineros lo cuál hace que la decoración sea muy obvia. En las remeras, bolsos y demás objetos turísticos, el símbolo de Hamburgo es un ancla. Hay muchos jardines y algunas avenidas.



Al llegar a la estación central de ómnibus, intenté averiguar las diferentes formas de llegar a Londres.



La solución se presentó en forma de pequeña oficina de RyanAir. Así que por algunos euros, compré un pasaje de avión para salir hacia Londres el miércoles 1 de julio hacia las ocho y media de la noche.



El único inconveniente era que tendría que regresar al día siguiente porque sin darme cuenta había salido sin el pasaporte. Así que dejé el pasaje reservado y prometí regresar.



Cuando llegó la hora siete, Théo apareció en la puerta del hostel con la bicicleta y esperó por mí. Lo ví llegar a través de la ventana del primer piso que daba a la calle. Yo y mi costumbre de mirar por la ventana.



Nos saludamos y comenzamos a caminar hacia lo que Théo llamaba el costado trasher de Hamburgo: La zona de los bares de borrachos, los junkies y los cabarets. Luego fuimos a la casa de los Beatles en Hamburgo:



"HIER WONHTEN DIE BEATLES 1960"



Aquel día, fue el día más largo del verano y nosotros, casi dos perfectos extraños, caminábamos siguiendo el mismo compás y el tiempo parecía no pasar. Todo, absolutamente todo era motivo para sonreir, seguir caminando y hablar más.



Al atardecer, fuimos a un lugar llamado "Park Fiction": era una plaza grande cerca del puerto, había una cancha de fútbol y dispuestas por todo el lugar, palmeras de metal, de mentira, de color verde en las supuestas hojas y marrón en el tronco.



Nos sentamos y Théo se puso a armar un cigarrillo de tabacco mezclado con marihuana. El ambiente era agradable, los chicos jugaban a la pelota, la gente se divertía. Se respiraba buen humor.



Una vez terminamos de fumar fuimos para el lado del puerto.



Pasamos con la bici por la puerta de un restaurant muy elegante. En la puerta había mesas y sillas. Théo me contó que una vez, una chica que quería montárselo con él, lo invitó a comer ahí. Cuando nos alejamos un poco, me hizo notar que había escuchado que un par de comensales se rieron de nosotros, de nuestro paseo en bicicleta, nuestras sonrisas y eso.



-dont' you worry. They just don't get it.- dije.



Él sonrió y ahí pude entender que él sí lo había entendido.



La noche cayó y fuimos a seguir fumando a un parque que hace muchos muchos años había sido un cementerio. Sentados en un banco, en la oscuridad, cantamos canciones, hablamos sobre gatos, barcos y anclas y de repente, era muy tarde.



Salimos del parque y pensamos en que podríamos hacer. Después de mucho vacilar, decidimos ir a su casa. Yo simplemente no quería volver al hostel y simplemente queríamos seguir hablando.



Fuimos caminando. Pasamos por una avenida. Un auto chocado, sirenas de la policía. Daba igual, era la felicidad.



Al llegar, Théo empezó a murmurar algo como mitz mitz.



Abrió la puerta, entramos, y dos cascabeles con gatos detrás aparecieron. Eran Uschi y Bronko.



Joder. Soy alérgica a los gatos y éstos dos eran muy peludos.



Elegimos una película y antes de empezar a verla Théo hizo un llamado telefónico. Cuando cortó, me dijo:



-Listo, mañana no trabajo.
-¿Cómo que no trabajás?
-Si. No tengo ganas de ir mañana. Así que no voy.



Théo puso "All about Eve" en la computadora y a la hora de película, el sueño me encontró en ese sillón, no muy cómodo que digamos. Entresueños, sentí cómo Théo apagaba el artefacto y se iba a dormir a su cama, dejándome en el sillón. Minutos después, sentí una manta que me cubría.



Para ser un sólo día, habíamos pasado más de siete horas juntos.

jueves, 7 de enero de 2010

28 de junio /// hamburgo

-dis situeishon yud bi romantic bat aim friizing akchuali.
-me too. Would you like me to hug you?
-nou zencs… end aid laik tu gou chu de baz-rum du iu cinc its posibel?
-maybe we should go downstairs.
-oquei.

En el techo del edificio, a pesar del frío que hacía, con Théo parecía como si no importara nada excepto ese momento que estábamos viviendo. Los dos sabíamos que algo especial se palpaba en el aire y sólo podíamos hablar sobre trivialidades sin sentido en un inglés más que torpe. Que cuán lindo sería vivir cerca de la playa y cuantas estrellas y que noche tan linda y que es esa torre cuya silueta se recorta en la oscuridad y sonrisas y Théo intentó armar un cigarro pero el viento le voló el tábaco y yo lo acusé de torpe y el se defendió con alguna frase absurda.

Espiamos las ventanas de enfrente, nos reímos de unas siluetas, nos arropamos bajo la manta que fue a buscar cuando hacía un poco más de frío, pero simplemente de repente hizo demasiado. Él se ofreció a abrazarme, pero le dije que no: hacía apenas algunas horas que lo conocía y yo estaba ahí sola y eso.

Así que decidimos bajar al apartamento de Thurston, que estaba un piso debajo de donde se hacía la fiesta. Entramos, nos sentamos en el sillón y justo cuando nos estábamos acercando cada vez más para hablar, entraron Daniel y Houwaida junto a un par de amigos.

Se sentaron todos alrededor nuestro y una vez más recordamos cómo fue que entré en la fiesta. Les conté sobre mi vida en Argentina, hablamos de marihuana y muchas naderías llenas de etcéteras y simpatía. Hacia las siete de la mañana nos fuimos de allí. La fiesta había terminado y Thurston quería dormir.

Tomamos un taxi. Ellos me dejaron en el hostel.

Antes de bajar del auto les pedí sus números de teléfono pascara así poder hacer algo al día siguiente. En el bolsillo tenía el papel con la lista de hostels que me habían dado esa tarde en la oficina de información turística. Houwaida tenía una lapicera y Théo escribió su nombre y su teléfono.

Nos despedimos.

Entré al hotel y me fui a dormir feliz, con la sensación de vivir en una película.




Al mediodía siguiente, me levanté, me bañé, me arreglé un poco y salí a hablar por teléfono y ver que podía hacer. Llamé a Théo y me dijo que ese día no podía salir conmigo porque tenía que ir a un cumpleaños, pero de alguna forma insistió en que lo llame al día siguiente para hacer algo.

Me sentí un poco decepcionada pero tampoco era el fin del mundo. Muy por el contrario, Era El Mundo.

Así que salí a pasear. Comí papas fritas (pommes frites) en un puesto de falafel, compré agua en un kiosco y le pregunté a un chico por lugares lindos en el barrio, que se llamaba Saint Pauli y curiosamente, su símbolo era una calavera.

Pasée por las calles del nuevo barrio de moda en Hamburgo, lleno de mesas en las puertas de los bares, sol y gente sonriendo.

Un cartel que rezaba “brunch not dead” alentaba a las personas a desalmorzar a las dos de la tarde.

En la puerta de una de las iglesias del barrio, unos skaters practicaban ollies. En una callejuela, un montón de mapas gigantes colgados de la pared, mezclados con la vegetación del lugar hacían las veces de decoración extraña.

Una moto vespa resplandecía en la puerta de un edificio antiguo con tags y afiches de wilco pegados en la pared.

Caminé bastante más hasta que… me encontré nuevamente con la casa de Thurston.

Era el día de su cumpleaños y en agradecimiento por su simpatía para conmigo la noche anterior, le llevé una copia de mi comic.

Toqué el timbre y salió: sorprendido y sorpresivamente me saludó con un abrazo.

Entramos a la casa y sentados en los sillones había dos amigos, John y Martin.

John sólo pasaba a saludar y a los veinte minutos se fue.

Martin Langer resultó ser fotógrafo y uno muy bueno por cierto.
( http://www.seltsam.cc )

Hablamos mucho y una vez más, sin parar de reir, Thurston contó la historia sobre como la noche anterior simplemente me metí en su fiesta. Nos reímos y entonces Thurston propuso hacer un picnic en el techo, Martin aceptó y yo también. Pensé que probablemente Thurston no sabía que había estado en el techo la noche anterior con Théo.

Preparamos guacamole y Martin descorchó una botella de vino blanco. De allí al techo.

Sentados sobre una manta, con copas en la mano, al calor de sol del casi atardecer, Martin nos sacó fotos, charlamos sobre la vida y todo estaba en orden ese domingo.

En los alrededores del edificio de Thurston, una serie de edificios se erigían. Me sorprendí del aspecto diurno de aquellas estructuras que viera la noche anterior. Y les pregunté por los que más me llamaban la atención.

La tv tower: una torre de diseño retrofuturista con aspecto de haber sido construida durante la época de los supersónicos. Aparentemente funcionaba un restaurant allí.

De acuerdo a lo que me contó Thurston, el bunker, que básicamente es una enorme mole de cemento, fue construido durante el régimen nazi. Los hamburgueses reniegan un poco de ese lugar, pero el asunto es que cómo está hecha para no ser destruída jamás, en el hipotético caso de que decidan demolerla, el impacto de los explosivos repercutiría en las iglesias antiguas de los alrededores de forma negativa. Es por eso que no la destruyen, ya que varios edificios directamente relacionados con el nazismo fueron demolidos hace tiempo.

Hacia el atardecer, el simpático fotografo se fue y yo me quedé con Thurston. Hablamos más sobre Hamburgo, Alemania, Argentina y hasta vimos videos en youtube.

Indagando sobre su vida, Thurston me contó que solía ser un Dj de drum’n bass que tuvo cierto éxito en los ‘90. Con una sonrisa cómplice, Martin dijo que en el barrio la gente aún recuerda que es una celebridad y lo saludan por la calle. Y por algún motivo que no pude comprender, le dicen Don.

En la actualidad, Thurston se dedicaba a hacer el management de bandas de músicas internacionales cuando visitaban Alemania o se iban de gira.

Vimos el video de la canción que fue su hit y nos reímos del paso del tiempo.
Aparte de ver videos en youtube, le mostré fotos de nuestra presidenta y los dos coincidimos en que era mucho más glamorosa ( Thurston se sintió particularmente intimidado por la cantidad de rimel) que la sobria Angela Merkel.

Cuando ya vi que era demasiado tarde, me volví al hostel, caminando y sóla, a la una de la mañana y nada.

Así fue mi primer domingo en Alemania.




lunes, 21 de septiembre de 2009

27 de junio 2009 /// frankfurt---hamburgo

Era las diez y cinco de la mañana en la esquina (del lado del Burger King) de la estación central de trenes de Frankfurt cuando no tenía noticias de Azzedine, ni del Mercedes Benz negro, ni de la pareja, ni de nada.


Apostada con mi mochila gigante en el lugar acordado, decidí ir hasta un teléfono público y llamar al número que me anotó Steffen en caso de que pase algo.

Atendió un hombre, y cuando pregunté por Azzedine, resultó que era él. Estaba en el auto dando vueltas buscándome a mí y al segundo pasajero que viajaba con nosotros.

Finalmente nos pudimos encontrar.

Azzedine lucía como un chico rico con el pelo cortado en una peluquería cara: era alto, morocho, tenía una remera blanca ajustada y rasgos árabes o algo así. Nuestro acompañante apareció a los pocos minutos. Yo le dije rápidamente que no había dormido nada y luego de acomodar la mochila en el baúl me subí a la parte de atrás del coche con mi almohada, mi mantita y mi view master. El otro chico que viajaba con nosotros se sentó adelante.

Dormir. Eso era lo único que podía hacer durante el viaje.

Cuando desperté, estábamos muy cerca de Hamburgo. Azzedine contó que justó ese fin de semana había un encuentro de motoristas y que probablemente veamos muchos por la calle. En el resto del viaje les conté que la noche anterior había estado de fiesta y que por eso dormí todo el tiempo.

Y entonces llegamos a la estación central de Hamburgo.

Me bajé del auto, agarré mi mochila, pagué los 25 euros, me despedí y pensé:

-Y ahora qué.

Entré a la estación, busqué una oficina de informes (lo cuál me tomó cómo quince minutos), pedí un mapa y una lista de hostels. Luego fui al pizza hut de la estación donde me compré una porción de pizza de muzzarella (o margherita como le dicen ellos), busqué un lugar donde sentarme (adentro de la estación había un patio de comidas con mesas y sillas) y me puse a estudiar mis posibilidades de alojamiento.

Al cabo de media hora, salí de la estación, me metí en un locutorio y empecé a llamar a los hostels más cercanos.

Terminé reservando en el más barato de la lista. Habitación compartida: 16 euros. Nada mal.

Me tomé el Ubahn hasta SternChanze, bajé y busqué el hostel.

Hamburgo, a diferencia de Frankfurt, es un poco más sucio y algo más caótico. El hostel se llamaba “instant sleep” y la habitación que ocupaba, recibía el nombre de “ecke” ya que estaba situada en la esquina del edificio, que constaba solamente de un primer piso. Había varias camas y cómo la gente que entrara o saliera de la habitación me daba desconfianza, metí todas, absolutamente todas mis cosas, en uno de los lockers que se hallaban en el pasillo. Aunque si tengo que ser sincera, debo decir que en esa primera instancia, prácticamente me pelee con el pequeño y angosto armario.

Una vez hube terminado con la burocracia propia del registro en el lugar, dejar las cosas, el depósito, el candado, etc. etc. etc., salí a pasear por el barrio.

El barrio en donde me encontraba se llamaba St. Pauli que es un pequeño vecindario donde las calles son angostas, las paredes están cubiertas de posters, pintadas y calcomanías. Hay mesas y sillas en las veredas de los bares y está lleno de locales para comer falafel.

Así que me agencié uno.

Luego fui al supermercado donde un chileno me reconoció el español mientras hacía la fila para pagar el agua que había comprado,

Y seguí caminando.

Estaba anocheciendo cuando pasé por debajo de una ventana de la cuál salía una música demasiado buena para ser en Alemania: Si, era P-funk.

Así que con mi botella de agua Volvic bajo el brazo, le hice señas a los dos hombres que estaban sentados en el umbral de la ventana (era un primer piso).

Les pregunté si podía subir, y así como si nada, entré a la fiesta.

Saludé a los de la ventana: se llamaban Daniel y Rupert.

Daniel tenía aproximadamente mi edad y estaba armando un cigarrillo con hash cuando llegué. Rupert tenía por lo menos diez años más y acababa de volver de viaje por la India.

Era un apartamento que ocupaba casi medio piso. Los techos eran altos y las habitaciones, grandes, amplias, estaban casi vacías.

En la cocina había mucha gente y cerveza. En la habitación del medio, había un castillo inflable.

Fui, me tiré y ahí estaba él.

Seguí mi camino hasta el baño. La bañera estaba llena de botellas de cerveza.

Volví a la pista de baile donde la música se ponía cada vez mejor, y no me cansaba de festejar al DJ, Thurston.

Nos pusimos a hablar. Thurston tenía una camisa blanca con un dibujo de un dragón, también llevaba pantalones blancos. Me contó que estaban festejando con el vecino dos cosas: su cumpleaños por

un lado, y la mudanza de aquella casa, por el otro.

En un momento dado, alguien me ofreció hash. Una sóla vez había fumado hash y casi ni me acordaba. Así que acepté.

El hash es bueno. Genera siesta mental a los pocos segundos y luego se sienten nubes en la cabeza.

Es perfecto para bailar porque a uno le dan ganas de moverse con tanto humo en el cerebro.

Pero así como es bueno, también es efímero.

A los veinte minutos de haber fumado mis primeras pitadas de hash, descubrí que ya estaba en estado normal nuevamente.

Y no iba a tomar alcohol porque ya lo había hecho el día anterior.

“exotic latin american dancing bitch”: ese es el título que me adjudiqué aquella noche, ya que durante las primeras cinco horas no hice más que bailar aquella música que sonaba tan bien en esos parlantes tan grandes. Thurston no paraba de poner estupendas canciones para bailar y el hash no dejaba de circular. Durante algunas horas, fui la extranjera ridícula que baila como loca en una fiesta donde no la conoce nadie.

Hasta que las cosas empezaron a caerse como fichas de dominó.

Fue cuando estaba en uno de mis puntos de ebullición máxima con el hash.

Thurston le había comentado a varias personas mi atrevimiento al simplemente meterme en aquella fiesta donde no conocía nada excepto la música, y entonces, de repente, un rubio de 1,80 de altura me empezó a seguir a lo largo de las habitaciones de la fiesta. Hablaba español de la manera más torpe y aburrida que se pueda imaginar y en un momento dado empezó a asustarme ya que no se daba cuenta de que yo no quería ser quien le practique el idioma que había aprendido (mal) en la escuela secundaria.

Pero también era posible que todo fuera producto de mi imaginación debido a la paranoia que el hash pudiera llegar a generar.

En el transcurso de la fiesta conocí a Théo y a Houwaida, hermano y novia de Daniel respectivamente.

Théo estaba en el castillo inflable cuando entré a la fiesta y recorrí la casa por primera vez.

Houwaida llegó más tarde.

Y entonces estaba este tipo, el rubio que me seguía.

Y el hash seguía circulando, y no sabía si era la paranoia o que, pero me daba la sensación de que cada vez que le echaba una pitada a cualquier cigarrillo que me den, Rupert me miraba con gesto reprobatorio.

Y cuando me cansé del rubio, fui hasta Théo y le dije (en un inglés pésimo):

-Yo no sé si es el hash o que, pero me parece que ese blonde guy is following me

-No te preocupes, está todo en tú imaginación- dijo él.

Y entonces, en ese preciso momento, cuando Théo terminó de dar su diagnóstico, alguien me tocó el

hombro: era el pibe rubio. Théo hizo una mueca y yo me dí vuelta y grité. Théo también gritó (hizo “aaaa!!!” pero un poco más bajo que yo) y el rubio se alejó con una expresión de horror.

Y entonces empezamos a hablar.

Una cosa.

Dos cosas.

Tres cosas

Y

-Ya viste Hamburgo desde arriba?- Preguntó él.

-No- le respondí.

-Follow me- dijo.

Y entonces se generó una de esas situaciones espantosas que suceden cuando alguien se va con alguien con quien se supone no tendría que irse de una fiesta.

Y yo pasé la puerta y me encontré en el pasillo. Sóla, con Théo. Y lo seguí.

Subimos cuatro o cinco pisos por escalera hasta llegar arriba de todo. Él abrió una puerta y entramos a una especie de baulera.

Otra escalera. Una de mano, larga, insegura.

Y entonces: Hamburgo desde arriba.

Era maravilloso: toda la ciudad iluminada por la noche sólo con las luces del verano. Muchos edificios, la altura, la oscuridad.

Nos tiramos en el piso a ver las estrellas.

Éramos él, Hamburgo y yo.

lunes, 14 de septiembre de 2009

26 de junio 2009 /// frankfurt

Prendí la tele y era cierto: Michael Jackson había sido encontrado muerto en la bla bla bla bla…

La CNN y muchos otros canales de televisión así lo informaban.

También ese día había muerto Farrah Fawcett y en el programa de Larry King recordaban esos dos hechos todo el tiempo. Así que apagué el televisor y me fui a dormir.

El sillón era bastante cómodo.

Era el fin de un día muy agitado.

Al día siguiente, Steffen me despertó y me dijo que el sábado iba a ser muy complicado que yo me quedara allí, ya que él tenía que irse a la casa de su novia en un pueblo que no quedaba muy lejos y partía al día siguiente por la tarde (supongo que después de limpiar las cosas de la fiesta). Me dijo que podía consultar con algunos de sus amigos para ver sí me prestaban sillón, pero a mi se me ocurrió que no quería pasar el fin de semana en Frankfurt ya que por lo que había visto el día anterior, no parecía que fuera un lugar en extremo divertido para pasar un sábado a la noche.

Así que me vestí, y le dije que iba a pensar que hacer en el transcurso del día.

Nos tomamos el tren juntos. Él se bajó en la estación de su trabajo y yo seguí hasta el centro.

Otra vez en la estación central.

Me puse a caminar y no pasó más de una hora que en la puerta de una tienda de ropa encontré un pequeño altar homenaje para Michael.

Luego entré a un Zara y ahí estaba, la música de Michael.

Era demasiado temprano para saberlo, pero tuve la sensación de que Michael me acompañaría, quiera o no, durante buena parte del viaje.

Frankfurt es un lugar lleno de bicicletas, y ese día pude comprobarlo. En especial cuando pasé por una fuente y vi muchas muchas bicicletas amarradas a la reja que la rodeaba.

Caminé por el centro, y al llegar a una especie de plaza-peatonal, me encontré con un montón de niños que participaban en una especie de evento escolar.

Aparecían divididos por grupos, cómo por cursos, o escuelas, no entendía muy bien de que iba la cosa, pero por lo que veía, cada grupo de niños hacía algo en especial.

A un costado de la calle, una orquesta. Eran como 10 ó 15 chicos tocando diferentes instrumentos: batería, violines, frlautas, instrumentos de viento, etc. Era una grande e imperfecta orquesta. Su profesor los dirigía. Y puede que sonaran un poco desafinados, pero eran perfectos, todos esos niños, con sus instrumentos y sus lentes de sol, y su música típica de cuaderno de escuela primaria alemana.

En otro costado, un montón de niñas. Vestidas como ninjas, de negro, con espadas y un trapo atado a la frente, cuál karate kid, 15 chicas representaban una batalla de quien sabe qué. Eso fue lo que pude ver cuando la orquesta terminó de tocar.

Hacia el final de la representación todas las chiquitas (rubias en su mayoría) tomaron un globo amarillo. Su maestra también lo hizo. Los inflaron, y cuando reventaron, los globos hicieron un gran estruendo y todas se tiraron al piso al mismo tiempo. Hicieron como que estaban muertas, dejando sus espadas de madera por ahí. A lo lejos, yo veia cómo se reían a pesar de que tenían los ojos cerrados y estaban supuestamente muertas.

Seguí caminando y fui a parar a la iglesia de San Bartolomé. Entré, un par de fotos y de vuelta afuera.

Al pasar muchas horas en la calle, me dieron ganas de ir al baño. Y así fue cómo hice uno de mis primeros descubrimientos:

Me metí en un shopping, ya que en los shopping siempre hay baños.

Busqué el toilet y luego de bajar al subsuelo, descubrí que había que pagar 30 céntimos para entrar.

Varios días después, comprobé que era así en todos lados. Incluso en McDonald’s, incluso en los bares comunes.

Y en Alemania, toilet se pronuncia toilet, así como suena, nada de tualé

Estuve en la zona de los cabarets y de los junkies. Porque a pesar de que era Frankfurt y era tan limpio y tan pulcro, no faltaba la zona del reviente, que para que se den una idea, para mí era como caminar por blgrano en terminos de “tener cuidado”

Estaba sola, pero la sensación de “aca no pasa nada” era tan grande.

Comí algo por ahí y hacia las cinco de la tarde volví a casa de Steffen para ayudarlos con los preparativos de la fiesta.

Al llegar, Florian estaba vaciando una sandía y poniendo la pulpa adentro de un artefacto moderno para hacer jugo.

Cuando hubo terminado, metió todo el líquido dentro de la sandía hueca, le agregó una botella de vodka alguna y una de vino espumante.

La metió en la heladera.

La fiesta iba a ser en el edificio. Porque en la zona donde vive Steffen hay monoblocks, donde viven muchos estudiantes. Entonces, en el sótano del edificio, o más bien la planta baja, hay una especie de bar/salón de fiestas con mesas, sillas, sillones, una mesa de pool y un metegol. En el jardín hay una parrilla.

Hablamos con Steffen sobre lo que podíamos hacer respecto a mi situación de alojamiento y decidí que lo mejor era irme a otro lado. Después de un día en Frankfurt, me di cuenta de que no era tan grande y de que quedarme podría no ser una buena idea.

Así que decidí partir hacia Hamburgo al día siguiente , ya que me llamaba la atención ir a ver que había allí.

En Alemania, hay una página (http://www.mitfahrerzentrale.de/) en la cuál la gente que viaja en auto ofrece sus lugares disponibles para viajar con ellos, se puede reservar en el día y lo cierto es que es más barato que viajar en tren o autobús.

Así que Steffen hizo un par de llamadas. Yo prefería viajar con una mujer, así que después de hablar con varios hombres, llamó a una tal Azzedine que partía hacia Hamburgo al día siguiente a eso de las diez. Arregló todo de forma que nos encontráramos en la esquina de la estación central. Me dijo que era una pareja y que viajaban en un Mercedes Benz negro.

-Tengo buen olfato para darme cuenta si alguien es nice o no. Y este tipo parecía muy amable.

Me bañé y me di cuenta de que lo que para mi era tempranísimo, para los alemanes era “on time” Así que mientras me cambiaba, me di cuenta de que Alex, Florian y Steffen habían bajado a la fiesta. Y eso que aún era de día y no eran más de las siete de la tarde.

Cuando salí del baño me encontré con dos chicas. Las dos rubias, una tenía puesta un atuendo típicamente alemán: un vestido rojo largo, con una camisa y un delantal celeste. La otra era particularmente común.

Hablamos un ratito y bajamos.

Al llegar a la cocina, había MUCHA cerveza de marcas de todos los colores. Pero no había hielo. Y pregunté acerca de ese detalle y me miraron raro. No son amigos de tomar las cosas demasiado frías en Alemania, pensé.

Y la noche empezó a caer, la gente también, y las salchichas alemanas en la parrilla empezaron a arder.

Todas las personas que llegaban traían como mínimo un pack de seis cervezas.

Yo no tomo cerveza. El alcohol no me gusta demasiado.

Y de las drogas, ni noticias.

Steffen ya me había advertido que, por lo menos en su círculo de amigos, la droga, o sea, la marihuana, era algo raro.

Así que esperé un poco a ver si sentía algún olor familiar, pero nada.

Así que empecé a tomar algo que se parecía bastante al speed, con vodka.

Al cabo de un par de horas, asumí que nadie iba a fumar porro en esa fiesta y sí bien había pista de baile, estaba bastante desierta.

Había una computadora y desde allí se programaba la música. Lo que sonaba era Ac/Dc, Green Day y esas cosas que definitivamente NO hacen una fiesta más amena.

Los invitados seguían llegando y en vez de bailar o lo que sea, charlaban plácidamente y jugaban al pool o al metegol o a los dardos o a lo que sea.

Pero el baile ausente.

Así que decidí que no había forma de que no me divierta y subí a buscar el fernet que tenía para Caro.
Me hice uno con coca

Pero

La coca-cola no estaba lo suficientemente fría. Y no había hielo.

Fui por ahí con mi bebida exótica y para divertirme empecé a convidarla.

La primera chica, la del vestido teutónico, me dijo que sabía (tasted) a medicina.

Y Steffen dijo que era feo

Y Florian dijo que estaba bien, pero que prefería su vaso (con espacio suficiente para un litro y medio) de cerveza.

Todos hablaban alemán y yo ya estaba medio borracha de vodka, fernet caliente y bebida que estaba adentro de la sandía (que también estaba caliente).

Entonces llegaron unos chicos que se habían enterado de la fiesta mediante una cartelera o algo así de CouchSurfing.

Y dije

Acá yo me divierto, o me divierto. Porque eran apenas la una de la mañana cuando todo esto estaba sucediendo.

Así que me puse a bailar y rápidamente junté un par de adeptos.

Una chica de vestido azul aparentemente tenía las mismas ganas de bailar, así que nos mudamos, junto que el otro par de dancers, a la pista.

Yo tomé el control de la computadora y, cómo queriéndome revelar contra esa manga de alemanes que se divertían charlando, jugando al pool y tomando cerveza caliente, empecé a poner canciones un poco más… arriba.

Afortunadamente encontré una carpeta con canciones de Michael y una atrás de otra, empecé a ponerlas.

Era simple: programar un par de canciones, ir a bailar, y volver para programar más.

Hasta que apareció:

El típico tarado que quiere escuchar música que NO es para fiestas, precisamente en una fiesta.

Todo ocurrió cuando estábamos bailando. Estábamos tan contentos en el medio de Thriller o algo así cuando de repente se cortó y empezó a sonar algo con guitarras y distorsión que sonaba a rock pesado.

Fui y cambié la música un par de veces, pero al rato desistí porque me di cuenta de que no tenía sentido luchar contra la masa: éramos siete personas en la pista y en el resto de la fiesta eran más de treinta. Así que, borracha y derrotada, me retiré de la lucha.

En el medio de todo eso, implementé una táctica para tener siempre bebidas frías.

En el congelador puse dos vasos de fernet con coca. Al rato fui a buscar uno, me lo tomé, y puse otro. Me lo tomé y fui a buscar el otro y así. A veces variaba la mezcla y ponía speed con vodka en la heladera.

Y entonces me senté en un sillón. Steffen estaba con su novia y Florian y Alex con sus amigos. Me encontré sóla, borracha y aburrida. Y era como las tres de la mañana. La fiesta estaba llena de gente pero yo no entendía aquella forma tan aburrida de divertirse.

Así que me paré y me fui al metegol. Estaba tan ebria que me puse a relatar los partidos en español cuál Victor Hugo Morales. Total, a nadie le importaba no entender nada.

Varias horas antes, mientras nos ocupábamos del asunto del viaje a Hamburgo, Steffen me mostró el pantalón nuevo que iba a usar esa noche. Me contó que lo compró esa tarde y que por eso no lo lavó, y me preguntó si a mi me parecía que olía raro. La verdad es que el pantalón tenía un olor raro, cómo a humedad, pero no me pareció que fuera algo tan perturbador, y como era nuevo y Steffen parecía ansioso por usarlo, le dije que no creía que haya algún inconveniente si lo estrenaba sin lavar.

Durante las primeras tres horas de fiesta, Steffen se quejó del olor, y a mi no me parecía tan grave, después de todo, nada peor que comprar una prenda para usar en una fiesta y luego, por cualquier motivo, no hacerlo.

A las dos y media de la mañana, la sinceridad y la borrachera estaban a tope. Y fue entonces cuando me encontré con Steffen en la cocina. Yo estaba preparando un fernet para el congelador y el buscaba más cerveza. Y entonces lo sentí. No sé cómo, pero el olor a humedad llegó a mis fosas nasales.

-Steffen, andá a cambiarte ese pantalón que apesta, por favor- dije yo en un inglés más que torpe, ya que conforme pasaban las horas, mi dominio del idioma era cada vez más triste.

-Es lo que estuve pensando todo el tiempo, gracias por decírmelo- respondió él.

Así que mientras seguía tomando y deseando que en ese momento me ocurra un flashback de LSD, me puse a jugar al pool con mis excompañeros de pista. No me acuerdo el resultado, pero de repente, después de muchas horas, se hizo de día.

Así que hacia las siete, ocho de la mañana cuando ya la mayoría de los invitados se hubo retirado, yo también lo hice.

Fui a bañarme y a preparar mi equipaje.

El auto de Azzedine salía a las diez y yo tenía que estar ahí.

Y así, en el living de Steffen, con la resaca de los invitados, armé mi mochila, me despedí de Florian y Alex, que se fueron a dormir, Steffen me dio las indicaciones sobre cómo llegar a la estación central sóla (ya que por ser sábado a la mañana algunas líneas de tren estaban suspendidas) esperé un rato y me fui.

Bajé con la mochila, caminé algunas cuadras y llegué a la estación de trenes. Lo tomé, luego me tomé un bus, luego de nuevo el tren y allí estaba: la estación central.

Ahora tenía que esperar por Azzedine.