
In loving memory of "The man who changed the World" /// Frankfurt - Junio 2009
Atendió un hombre, y cuando pregunté por Azzedine, resultó que era él. Estaba en el auto dando vueltas buscándome a mí y al segundo pasajero que viajaba con nosotros.
Finalmente nos pudimos encontrar.
Azzedine lucía como un chico rico con el pelo cortado en una peluquería cara: era alto, morocho, tenía una remera blanca ajustada y rasgos árabes o algo así. Nuestro acompañante apareció a los pocos minutos. Yo le dije rápidamente que no había dormido nada y luego de acomodar la mochila en el baúl me subí a la parte de atrás del coche con mi almohada, mi mantita y mi view master. El otro chico que viajaba con nosotros se sentó adelante.
Dormir. Eso era lo único que podía hacer durante el viaje.
Cuando desperté, estábamos muy cerca de Hamburgo. Azzedine contó que justó ese fin de semana había un encuentro de motoristas y que probablemente veamos muchos por la calle. En el resto del viaje les conté que la noche anterior había estado de fiesta y que por eso dormí todo el tiempo.
Y entonces llegamos a la estación central de Hamburgo.
Me bajé del auto, agarré mi mochila, pagué los 25 euros, me despedí y pensé:
-Y ahora qué.
Entré a la estación, busqué una oficina de informes (lo cuál me tomó cómo quince minutos), pedí un mapa y una lista de hostels. Luego fui al pizza hut de la estación donde me compré una porción de pizza de muzzarella (o margherita como le dicen ellos), busqué un lugar donde sentarme (adentro de la estación había un patio de comidas con mesas y sillas) y me puse a estudiar mis posibilidades de alojamiento.
Al cabo de media hora, salí de la estación, me metí en un locutorio y empecé a llamar a los hostels más cercanos.
Terminé reservando en el más barato de la lista. Habitación compartida: 16 euros. Nada mal.
Me tomé el Ubahn hasta SternChanze, bajé y busqué el hostel.
Hamburgo, a diferencia de Frankfurt, es un poco más sucio y algo más caótico. El hostel se llamaba “instant sleep” y la habitación que ocupaba, recibía el nombre de “ecke” ya que estaba situada en la esquina del edificio, que constaba solamente de un primer piso. Había varias camas y cómo la gente que entrara o saliera de la habitación me daba desconfianza, metí todas, absolutamente todas mis cosas, en uno de los lockers que se hallaban en el pasillo. Aunque si tengo que ser sincera, debo decir que en esa primera instancia, prácticamente me pelee con el pequeño y angosto armario.
Una vez hube terminado con la burocracia propia del registro en el lugar, dejar las cosas, el depósito, el candado, etc. etc. etc., salí a pasear por el barrio.
El barrio en donde me encontraba se llamaba St. Pauli que es un pequeño vecindario donde las calles son angostas, las paredes están cubiertas de posters, pintadas y calcomanías. Hay mesas y sillas en las veredas de los bares y está lleno de locales para comer falafel.
Así que me agencié uno.
Luego fui al supermercado donde un chileno me reconoció el español mientras hacía la fila para pagar el agua que había comprado,
Y seguí caminando.
Estaba anocheciendo cuando pasé por debajo de una ventana de la cuál salía una música demasiado buena para ser en Alemania: Si, era P-funk.
Así que con mi botella de agua Volvic bajo el brazo, le hice señas a los dos hombres que estaban sentados en el umbral de la ventana (era un primer piso).
Les pregunté si podía subir, y así como si nada, entré a la fiesta.
Saludé a los de la ventana: se llamaban Daniel y Rupert.
Daniel tenía aproximadamente mi edad y estaba armando un cigarrillo con hash cuando llegué. Rupert tenía por lo menos diez años más y acababa de volver de viaje por
Era un apartamento que ocupaba casi medio piso. Los techos eran altos y las habitaciones, grandes, amplias, estaban casi vacías.
En la cocina había mucha gente y cerveza. En la habitación del medio, había un castillo inflable.
Fui, me tiré y ahí estaba él.
Seguí mi camino hasta el baño. La bañera estaba llena de botellas de cerveza.
Volví a la pista de baile donde la música se ponía cada vez mejor, y no me cansaba de festejar al DJ, Thurston.
Nos pusimos a hablar. Thurston tenía una camisa blanca con un dibujo de un dragón, también llevaba pantalones blancos. Me contó que estaban festejando con el vecino dos cosas: su cumpleaños por
un lado, y la mudanza de aquella casa, por el otro.
En un momento dado, alguien me ofreció hash. Una sóla vez había fumado hash y casi ni me acordaba. Así que acepté.
El hash es bueno. Genera siesta mental a los pocos segundos y luego se sienten nubes en la cabeza.
Es perfecto para bailar porque a uno le dan ganas de moverse con tanto humo en el cerebro.
Pero así como es bueno, también es efímero.
A los veinte minutos de haber fumado mis primeras pitadas de hash, descubrí que ya estaba en estado normal nuevamente.
Y no iba a tomar alcohol porque ya lo había hecho el día anterior.
“exotic latin american dancing bitch”: ese es el título que me adjudiqué aquella noche, ya que durante las primeras cinco horas no hice más que bailar aquella música que sonaba tan bien en esos parlantes tan grandes. Thurston no paraba de poner estupendas canciones para bailar y el hash no dejaba de circular. Durante algunas horas, fui la extranjera ridícula que baila como loca en una fiesta donde no la conoce nadie.
Hasta que las cosas empezaron a caerse como fichas de dominó.
Fue cuando estaba en uno de mis puntos de ebullición máxima con el hash.
Thurston le había comentado a varias personas mi atrevimiento al simplemente meterme en aquella fiesta donde no conocía nada excepto la música, y entonces, de repente, un rubio de 1,80 de altura me empezó a seguir a lo largo de las habitaciones de la fiesta. Hablaba español de la manera más torpe y aburrida que se pueda imaginar y en un momento dado empezó a asustarme ya que no se daba cuenta de que yo no quería ser quien le practique el idioma que había aprendido (mal) en la escuela secundaria.
Pero también era posible que todo fuera producto de mi imaginación debido a la paranoia que el hash pudiera llegar a generar.
En el transcurso de la fiesta conocí a Théo y a Houwaida, hermano y novia de Daniel respectivamente.
Théo estaba en el castillo inflable cuando entré a la fiesta y recorrí la casa por primera vez.
Houwaida llegó más tarde.
Y entonces estaba este tipo, el rubio que me seguía.
Y el hash seguía circulando, y no sabía si era la paranoia o que, pero me daba la sensación de que cada vez que le echaba una pitada a cualquier cigarrillo que me den, Rupert me miraba con gesto reprobatorio.
Y cuando me cansé del rubio, fui hasta Théo y le dije (en un inglés pésimo):
-Yo no sé si es el hash o que, pero me parece que ese blonde guy is following me
-No te preocupes, está todo en tú imaginación- dijo él.
Y entonces, en ese preciso momento, cuando Théo terminó de dar su diagnóstico, alguien me tocó el
hombro: era el pibe rubio. Théo hizo una mueca y yo me dí vuelta y grité. Théo también gritó (hizo “aaaa!!!” pero un poco más bajo que yo) y el rubio se alejó con una expresión de horror.
Y entonces empezamos a hablar.
Una cosa.
Dos cosas.
Tres cosas
Y
-Ya viste Hamburgo desde arriba?- Preguntó él.
-No- le respondí.
-Follow me- dijo.
Y entonces se generó una de esas situaciones espantosas que suceden cuando alguien se va con alguien con quien se supone no tendría que irse de una fiesta.
Y yo pasé la puerta y me encontré en el pasillo. Sóla, con Théo. Y lo seguí.
Subimos cuatro o cinco pisos por escalera hasta llegar arriba de todo. Él abrió una puerta y entramos a una especie de baulera.
Otra escalera. Una de mano, larga, insegura.
Y entonces: Hamburgo desde arriba.
Era maravilloso: toda la ciudad iluminada por la noche sólo con las luces del verano. Muchos edificios, la altura, la oscuridad.
Nos tiramos en el piso a ver las estrellas.
Éramos él, Hamburgo y yo.
Y el chico no era Steffen, era alguien esperando a su novia.
Así que me dirigí a la computadora express esa, metí un euro en la ranura y nada, salió por la ranura inferior del cambio.
Luego de mucho probar, y preguntar a alguien por ahí, llegué a la conclusión de que la máquina no funcionaba, así que con todo el equipaje a cuestas me fui al siguiente hall a buscar otra computadora.
Al llegar, tuve que esperar un rato ya que había cola para usarla.
Finalmente chequée el mail, y así me enteré de que Steffen no podía venir a buscarme, aunque me dejaba su teléfono para que nos encontremos después de que él salga del trabajo. Cuando busqué una lapicera para anotar el número, me di cuenta de que la presión o lo que sea del avión había hecho que el bolígrafo que tenía, explotara de tinta casi literalmente.
Así que después de lavarme las manos, busqué la forma de salir del aeropuerto y llegar al centro de la ciudad.
Ya fuera del aeropuerto, le pregunté a una señora y ésta me indicó que había un tren (el Ubahn, que es el subte alemán) que me llevaba al centro. Así que busqué la estación en las inmediaciones del lugar, pedí ayuda para comprar el boleto y me subí al tren con mis casi veinte kilos de equipaje.
Tras algunas estaciones, bajé en la estación central de trenes de Frankfurt, que es algo así como Retiro.
Salí de la misma y me encontré con la primera imagen de Europa en mi mente.
Un paisaje citadino limpio y soleado, una ciudad pequeña pero ordenada y pulcra.
Eso era Frankfurt.
Encontré un Internet Café en una esquina y me metí para llamar a Steffen y contarle que ya llegué. Él estaba en el trabajo pero quedamos en encontrarnos a las siete y media para ir a cenar.
La cita era en la estación de trenes Heddernheim.
Así que una vez hube cortado, volví a la estación de trenes, dejé mi equipaje en un locker y me fui a pasear por el centro de aquella ciudad llena de bicicletas y árboles y edificios de arquitectura clásica combinados con modernísimos rascacielos.
Me sorprendí de la escasa contaminación visual en las calles y estuve en una especie de plaza principal donde se alzaba un teatro muy hermoso, una fuente, y muchos puestos con comida típicamente alemana y de otros lugares del mundo.
Era un día soleado y hermoso. Era el principio de todo.
Frankfurt es la capital económica de la Unión Europea. Allí operan los grandes bancos y la ciudad, no es famosa precisamente por su oferta cultural.
Frankfurt es una ciudad modernamente rara.
Caminé y caminé: fui al supermercado a comprar agua y una vez allí, estuve un rato mirando las etiquetas de las botellas sin saber muy bien que llevar, así que opté por un agua chiquita en vez de una grande. Ir al supermercado en un país donde no se habla el idioma, es como estar en un sueño. Uno sabe que es agua, pero no sabe muy bien de que tipo.
Y para mi sorpresa, en Alemania, lo que se considera agua clásica en las etiquetas, es agua con gas. Y yo compré agua clásica, pensando que era Agua Clásica.
Paseé mucho rato por ahí y, hacía las seis, emprendí el camino hacia la cita con Steffen.
Él me reconoció por la mochila. Nos saludamos y decidimos ir a comer algo por ahí, ya que las siete de la tarde es la hora de la cena en Alemania.
Steffen era de estatura mediana, de pelo castaño oscuro y pecoso. Su cara daba la impresión de que nunca dejaba de sonreir y una de sus paletas estaba un poco más oscura que el resto de sus dientes. Eso le daba un aire aniñado y gentil. Usaba anteojos y lucía muy calmado, muy relajado. Su expresión franca me recordó a la que viera muchos años antes en el hermano menor de mi primer novio. No sé porque, no pude evitar pensar en eso. Tenía un aire familiar, y eso me hizo sentir bien.
Así que nos tomamos un tren hacia el restaurant.
Mi primera sorpresa en Alemania: Al subir al vagón, Steffen dejó mi mochila en la puerta del mismo y, tranquilamente me hizo un ademán para que lo siguiera un par de metros más allá, para sentarnos, le pregunté si era seguro dejar la mochila allí y él simplemente se rió. Asumí entonces que dejar la mochila en la puerta del tren no representaba ningún peligro.
Al cabo de un par de estaciones, Steffen se dio cuenta de que habíamos tomado el tren incorrecto y tuvimos que volver.
Era el atardecer cuando llegamos al restaurant.
Por fuera lucía cómo una típica casa alemana hecha de madera, pero por dentro, era cómo en las películas: la decoración total y absolutamente germánica. El comedor, espacioso y cálido. En ese lugar era fácil imaginarse un montón de gente borracha y rubia chocando porrones de cerveza al compás de risas ruidosas.
Pero en ese momento, me pareció que el lugar estaba algo bastante vacío.
Y yo seguí a Steffen, quién caminó directamente hacia el fondo, como sí conociera aquel restaruant desde hace años.
Y la sorpresa fue total: al fondo, al aire libre, se alzaba un hermoso y rústico jardín, lleno de mesas y lleno de felices ocupantes tomando bebidas y comiendo el equivalente a la picada de acá, en la cálida luz del atardecer de verano.
Pedí mi primera agua sin gas en Europa y un plato típico: una milanesa rara de cerdo con una salsa a base de hierbas con papas fritas y ensalada. Fue genial.
Hablamos muchísimo.
Y en el medio de la conversación, comenté el incidente del agua con gas. A Steffen le causó gracia.
Y luego me contó que él y sus amigos estaban planeando una fiesta para el día siguiente. Me puse feliz de que ya en mi segundo día en Europa haya una fiesta a la cuál asistir.
Al terminar de comer, fuimos a la casa de Steffen. Allí conocí a sus “flatmates” Florian y Alex. Y les regalé los barbijos que nadie usó en Ezeiza.
Steffen estudió algo relacionado con química o medicina, y me dijo que el tema del barbijo era algo estúpido, porque los gérmenes son tan pequeños que un barbijo jamás podría detenerlos. Y Florian, que también estudiaba algo por el estilo, le dio la razón.
A diferencia de Steffen, Florian era alto, rubio, de rasgos afilados y con un aspecto total y absolutamente alemán. Aunque si de apariencia germánica se trataba, poco tenía que envidiarle Alex, quien también lucía alemanísimo, rubio, regordete y cachetón.
En la casa se respiraban los preparativos para la fiesta del día siguiente. Florian y Alex habían comprado una buena cantidad de alcohol y planeaban tomárselo casi todo al día siguiente.
En la cocina, había un poster de Ron Jeremy pegado a la alacena. Cuando lo mencioné, los muchachos se mostraron muy sorprendidos de que sepa quien es Ron Jeremy.
Tomamos unos tragos antes de ir a dormir, y durante la charla, les conté sobre mis planes de ver bandas, y en lo posible, a Michael Jackson, quien comenzaba su serie de conciertos en diez días en Londres.
Me acomodé en el sillón, les dí una copia de Fecha de Vencimiento a los tres, seguimos charlando, y un rato más tarde, nos preparamos para ir a dormir.
Cuando estábamos a punto de darnos las buenas noches, Florian, quien se había retirado momentos antes, volvió a entrar al living, pero con una expresión algo rara en el rostro.
Chequeando las noticias, que esto, que lo otro, lo supo.
Y vino a decírnoslo:
Michael Jackson estaba muerto.