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lunes, 19 de julio de 2010

9 de julio /// amsterdam

Julian se tenía que ir a trabajar, así que al levantarme tuve que hacer todo rápido. Empacar, bañarme, salir.


El mail de la noche anterior me había dejado profundamente desmoralizada y el panorama actual no ayudaba demasiado. En un squat en un barrio de Amsterdam, tenía el pasaje para llegar a Hamburgo al día siguiente y de repente, todos los planes de días soleados y paseos de la mano con Théo se habían derrumbado. Si iba a Hamburgo no iba a poder quedarme en casa de él debido a ese problema, que no terminaba de entender del todo, que estaba teniendo.


Realmente no sabía que hacer. Estaba sola y no podía hablar de todo esto con nadie. Julian era muy amable, pero el problema era yo. Había dormido mal por el frío y mi humor era bastante horrible. Pero era yo en el mundo y tenía que callarme y seguir adelante. Paris estaba a tan sólo tres horas de Amsterdam, pero ir a Francia significaba alejarme aún más de Alemania.


El baño estaba arriba así que subí a ducharme. Al llegar, esa situación en apariencia insignificante, se convirtió en algo horrible: no había agua caliente y la “bañadera” era en una palangana gigante arriba de una tarima de madera con una ducha improvisada que colgaba de la pared. Para subir a la cosa, había que trepar por una especie de escalerita. Nada peor para una mujer que un baño espantoso y frío en el ambiente.


Así que en cinco minutos (total) me bañé como pude, me vestí y salí.


Agarré mi mochila y salimos. Julian se subió a la bicicleta y me indicó como llegar a la civilización (un lugar por donde pasaba el trans). Le agradecí una vez más (la noche anterior le había obsequiado la caja de lápices de colores comprados en Northampton) y seguimos nuestros caminos. Nunca más supe nada de él.


Y en el camino pensé que era un chico realmente peculiar. En el poco tiempo que estuvimos juntos me contó que iba a la escuela de arte, que tenía ese trabajo del cuál nunca supe nada y que vivía ahí, en el squat, porque le gustaba, porque era lo que quería para su vida en ese momento. Y me dijo que él podría tener una vida holgada pero que no le interesaba en absoluto ya que, sumido en la comodidad, según sus propias palabras, jamás podría crecer como artista.


Mientras hablábamos me mostró sus dibujos que eran realmente buenos. Así que en el camino pensé que quizás esa filosofía de vida le servía para llegar al lugar en el que quería estar.


Julian no fumaba marihuana y me contó que la gente que vive ahí, la que forma familias, la que hace cosas inherentes a la vida en una ciudad, no se mete con eso de los turistas, el porro y la zona roja.


Llegué a la avenida, pero antes de seguir necesitaba desayunar. El malestar causado por el exceso de porro todavía me duraba y si no comía algo sustancioso, sospechaba que se iba a poner peor.


Así que con la mochila gigante, entré a un agradable y cálido bar del barrio. Una señora me miró con curiosidad. Pedí leche con chocolate caliente y un sándwich.


Al terminar, emprendí el camino hacia la estación central.


El Trans es básicamente una mezcla de colectivo con tranvía con subterráneo. Tiene un cable en el techo que lo guía por su ruta y suele tener dos vagones unidos por lo mismo que une al subte. Los recorridos tienen paradas fijas. El sistema de boletos es algo raro pero fácil de entender: consta de una tirita con franjas y numeraciones. Cada zona es un número, entonces, si uno pasa por dos zonas, sólo usa la franja uno y dos del boleto. Sí el siguiente viaje consta de cuatro zonas, en la tirita, el chofer marca los números utilizados. Y así hasta completar los 15 renglones.


Llegué a la estación central y una vez más, dejé las cosas en un lugar lleno de lockers. A esa altura ya me conocía la zona de la estación de memoria. Dejé todo allí, y saqué el dinero justo y necesario para almorzar y comprar chucherías. También me llevé conmigo el resto del porro del día anterior y el otro porro que había quedado intacto.


Fui a un Internet café y empecé a buscar alojamiento en Berlin. Si no podía estar con Théo en Hamburgo, no tenía sentido ir ahí. Tampoco quería perder el pasaje que ya había comprado y menos aún alejarme geográficamente, ya que la posibilidad de que las cosas se resuelvan y de que él pueda pasar tiempo conmigo existían. Así que escribí varios mails esperando tener suerte. También le escribí a Théo contándole mi resolución.


El día era soleado y mi mal humor era nublado.


Amsterdam es una ciudad llena de canales. El centro tiene muchos puentecitos que los cruzan y la mayoría de la gente se mueve en bicicletas. La mayoría de los autos que se ven están estacionados. La parte central de la ciudad es una peatonal gigante.


Caminé y llegué al museo de la marihuana. Pensaba ir, pero al llegar, los turistas se me antojaron tan horribles que desistí de la idea.


Y mientras estaba ahí, caminando sin rumbo, no podía entender como mi humor podía ser tan malo. Estaba sola y no tenía nadie a quien fastidiar con mi mal genio. Entonces me fastidiaba a mí misma.


Finalmente me senté a pensar en uno de los muelles. Momentos después, abrí la cartera y saqué el cigarrillo de marihuana que había comprado el día anterior.


Y yo realmente fumo mucho y no podía darme el lujo de estar en esa ciudad y no fumar. Así que agarré el encendedor y le dí mecha al cigarro. Minutos más tarde, las cosas se aclararon. Me levanté y empecé a caminar.


La música en los auriculares tenía que cambiar. Abandoné lo que sea que estaba escuchando en el momento y puse un disco que me había bajado pero que no había escuchado aún: God Help The Girl.


Y entonces la perspectiva de la situación empezó a cambiar. Me di cuenta de que mi fastidio era una cosa estúpida y que sí no disfrutaba, podía considerarme una idiota.


Por primera vez en mi vida estaba en un lugar en el mundo en el cuál quería estar. No tenía que ir a trabajar y tampoco tenía obligaciones, lo único que tenía que hacer era pasarlo bien y no estaba haciéndolo. Me sentí un poco tonta, pero de a poco, mientras las canciones pasaban y el calor del sol se intensificaba, empecé a entender. Seguí fumando y todo parecía estar mejor.


En Holanda además de marihuana se puede conseguir hongos alucinógenos. Mi idea era comprar algunos para probar pero al preguntar, me contaron que estaban prohibidos porque los turistas no sabían administrárselos y sufrían malos viajes. Incluso, me contaron, una chica llegó a morir en un accidente causado por el exceso de hongos. No se sabe sí se quiso suicidar o fue consecuencia del mal viaje. Lo que era seguro es que estaba colocada con hongos, así que para prevenir futuros inconvenientes, el gobierno prohibió su venta tan libre.


Y yo busqué los hongos por todos lados, pero no tuve suerte. Así que desistí. Y entonces, alejándome de la zona de los canales llegué a una feria de cosas usadas, antigüedades y porquerías.


En Holanda hay una marca tradicional de cacao llamada Droste. Las latas en las que venía el chocolate en polvo, estaban por toda la feria, así que sospeché que serían un souvenir típico de turista. En una de las caras de la lata había una monja que ofrecía una taza de chocolate caliente. Y entonces supe que tenía que tener una de esos frascos, que tener uno en mi poder me iba a permitir recordar esa lección que había aprendido a fuerza de mal humor y marihuana.


Pregunté el precio en el primer puesto y no compré. A medida que la feria se extendía, el costo de la lata se reducía considerablemente. En uno de los últimos puestos compré la lata a dos euros y también compré un hermoso gatito negro de plástico para regalárselo a Théo.


Intenté buscar el museo Van Gogh pero tampoco tuve suerte. Y estaba tan colocada que no me animaba a hablar con nadie.


En la feria, mientras observaba a la gente, me di cuenta de que sí bien Amsterdam parece el lugar de la joda loca, es notorio cómo los habitantes del lugar odian esa situación.


Los habitantes de Amsterdam se habían convertido en adultos: después de la euforia de la legalización y todo eso, ellos sólo querían que los invitados se fueran a sus casas y dejaran de molestar. Entre ellos hablaban en Dutch y era notorio como querían mantener ese dialecto para ellos mismos. Porque también hablaban inglés, pero simplemente no lo hacían excepto para dirigirse a los turistas.


Paradójicamente, no podían prescindir de los intrusos, ya que la base de esa economía estaba sustentada en el turismo. Era algo incómodo pero de repente en una de las calles encontré muchos restaurantes argentinos que ofrecían asado, también argentino y dejé de pensar en ese tipo de asuntos.


Salí de la zona y mientras miraba el agua de los canales, empecé a pensar que un tipo me estaba siguiendo. Así que me metí en una antigua, grande y pintoresca libreria donde compré un pequeño y hermoso ejemplar de Little Women (uno de mis libros favoritos) en inglés. El hombre que atendía, en vez de darme una bolsa o algo así, envolvió el libro en papel madera (!) y mientras pensaba que el papel madera era algo bello me enamoré de sus grandes manos.


La siguiente librería a la que fui, era una del tipo cadena, pero tenía muchos libros y variadas ofertas. Allí encontré, escondido, una biografia de Andy Kauffman que costaba un euro con cincuenta. Cuando fui a pagar, la mujer de la caja me dijo que tenía un descuento de 30 céntimos si era estudiante. Torpemente busqué la credencial. Estaba tan fumada que no podía encontrarla y creo que la cajera se dio cuenta ya que, riéndose, me dijo que me hacía el descuento igual.


Así que ante la ausencia de hongos me pasé la tarde paseando y comprando porquerías.


Previsiblemente, cuando me quedaban apenas unos euros para ir a comer, encontré la tienda donde vendían los hongos y me tuve que quedar con las ganas y ya.


Cuando empezó a anochecer, fui a la estación a buscar mis cosas. El bus hacia Hamburgo salía a las once de la noche y quería llegar con tiempo.


Conservé las dos mitades de porro para fumármelas con Théo. Las escondí entre las toallitas femeninas y tampones y deseé que no sucediese nada en el cruce de fronteras.


A las 23:15 hs el bus partió hacia Hamburgo.


Dormí todo el trayecto hasta que, en medio de la noche, el micro se detuvo y dos oficiales de la policía subieron. Empecé a sudar. Tenía la marihuana encima y había perros. Me hice la dormida y entonces una voz:


-Miss, your passport please

jueves, 8 de julio de 2010

8 de julio /// amsterdam

El trayecto hacia Holanda consistía en bus/ferry/bus, así que durante las primeras horas del viaje dormí incómoda en el asiento hasta que a eso de la una de la mañana despertaron a todos los pasajeros porque el autobús había entrado al ferry. Así que salimos, esperamos, nos sellaron los pasaportes y después de cruzar el canal, volvimos al micro que regresó a tierra firme.


Mientras amanecía, los pequeños pueblos belgas del camino comenzaban su día. Eran lugares hermosamente quedados en el tiempo donde la vida moderna era perceptible con algo de esfuerzo.


Calculo que llegamos a Amsterdam hacia las once de la mañana. Y entonces al bajar del autobús, en la terminal, lo primero que hice fue comprar un pasaje para Hamburgo. En su último mail, Théo me decía que ese viernes tocaba un amigo en un bar y que podríamos ir. Así que el jueves a la noche estaría abandonando la ciudad. Salí de la estación con esa perspectiva feliz encima, y emprendí la ya repetitiva aventura de intentar llegar al centro de la ciudad desde el medio de la nada.


Entré al subte, una señora me ayudó con las indicaciones y al llegar a la central de trenes de Amsterdam dejé todo mi equipaje en el guardaropas. Más tarde iría a buscarlo, antes de encontrarme con Julian.


Desde que estaba en Europa no había llamado por teléfono a mi familia pero esa mañana, por algún motivo supongo relacionado al tiempo que pasó y el reciente cumpleaños de mi madre, me pareció apropiado llamar para mantener una pequeña conversación sobre el estado de las cosas.


Así que antes de ocuparme de cualquier cosa que me pudiera ocupar en Amsterdam, entré a un local, hice la llamada y así me enteré de que debido a la epidemia de gripe porcina, Buenos Aires estaba a un paso de la categoría pueblo fantasma. De que la enfermedad se cernía como un espectro sobre la incauta ciudad. Mi mamá no salía de su casa y mi hermano había estado en el hospital por un resfrío. La paranoia había llevado al desabastecimiento de elementos como alcohol en gel y barbijos. Y yo de verano a punto de fumarme un porro del tamaño de mi dedo anular.


La tercera cosa que hice al llegar a Amsterdam, fue comer unas papas fritas en un puesto de comida rápida. Y la cuarta, con las prioridades ya priorizadas, fue entrar a un coffee shop.


Estaba ahí para eso. Iba a fumar y después el plan era ir al museo de los pintores flamencos a alucinar con las pinturas. Más tarde iría a encontrarme con Julian.


Entré y le pregunté a la chica

Era como el paraíso del fumón: en diferentes tapers muchas variedades de flores canábicas. Y sí no se quería comprar en cantidad, vendían porros ya armados. Estupendo.


-Hello, please tell me about the different kinds of weed you have

-well we have this one, called inserte nombre aquí that makes you feel inserte emoción aquí and we have this one called inserte nombre aquí which makes you feel inserte emoción aquí

-oh, i want the strongest one

-are you sure?

-of course i’m sure i smoke everyday at home, I’m not afraid of any kind of strong weed

-well… we have this one, which is the special from the house and it is an special mix between inserte variedad aquí and inserte variedad aquí

-ok, i want that one and the inserte variedad aquí one. I also want a coke. Do you have lighters?

-oh, we don’t sell lighters (esta parte fue muy extraña porque justo detrás de la chica había una caja llena de encendedores pero ella se metió la mano en el bolsillo y sacó uno) but i can lend you mine

-oh thank you, can i go in there to smoke?

-yes sure


Y entonces entré a un lugar redundante: era una pecera con una pecera adentro. Un lugar confortable con sillones, luces tenues, una televisión en mute con el canal de deportes puesto, algunos espejos y la ya mencionada pecera con peces de colores adentro. Todo tipo de distracciones. También había unos tipos que estaban ahí fumando porro, riéndose y sacando fotos.


Y entonces, ahí sola, les pedí que me saquen una foto fumándome el primer porro en Amsterdam. Había esperado años para vivir algo así y finalmente estaba sucediendo. Esa noche vería a The Mars Volta y la experiencia sería total.


Y fumé, y fumé, y fumé. Cuando me di cuenta tenía medio porro encima y los tipos se estaban yendo. Me quedé sola en el lugar y mientras pensaba en cuando levantarme para ir al museo de los pintores flamencos, empecé a tener frío, no, calor, entonces empecé a abanicarme con un folleto. Tenía frío, tenía calor, mi cerebro estaba en saturno y no podía ni salir.


Me recosté en el sillón y entonces vino la chica que me atendió al principio. Me preguntó sí estaba bien y me advirtió sobre la posibilidad de que me roben la cartera si me quedaba dormida. Le dije que me sentía mal, así que me dejó dormir diez minutos. Que en realidad no dormí porque mi mente estaba en otro plano de existencia.


Finalmente vino un chico a darme charla y un chocolate. Me contó que su trabajo consiste en cuidar a la gente que se pasa como yo. Tomé más cocacola y entendí que me había bajado la presión. La marihuana había sido muy fuerte y las papas fritas no habían sido suficiente almuerzo.


El chico se rió cuando le conté que me había hecho la canchera con la chica que vendía la marihuana. Me dijo que eso pasaba todo el tiempo, y que gracias a eso, los turistas tarados pensé yo, él tiene ese trabajo.


Así que cuando me sentí mejor, antes de ver cuanto tiempo había pasado, le pedí que me saque una foto after-destruction.


Salí, tomé un poco de aire y me di cuenta de que había pasado más de tres horas en el coffeeshop. Malísimo. Ya no tenía tiempo de ir al museo. El olor a marihuana estaba impregnado por todos lados y a mí me daba náuseas.


Así que después de buscar el equipaje en la estación, hacia las cinco de la tarde tomé el trans (creo que le decían así) para ir hacia el lugar donde me tenía que encontrar con Julian.


Llegué y ahí estaba él. De estatura mediana, con muchos rulos, vestido de negro, en su bicicleta.


Nos saludamos y empezamos a caminar. La casa no estaba muy lejos de allí y en el camino me contó que ya había comprado su entrada para ver a Mars Volta, que había tenido que regalar unos gatitos que tenía y que su casa era una especie de casa tomada ( o sea, un squat ).


Al llegar nos encontramos con un edificio de tres o cuatro pisos semiabandonado. A su alrededor algunas bicicletas se amontonaban encadenadas. Julian abrió la puerta, me indicó que el baño estaba en el tercer piso, que él vivía en el segundo.


Abrió una puerta atada con una cadena y un candado.

La casa de Julian era un piso oscuro y enorme donde se amontonaba su obra. Claramente su casa era su taller y ahí tenía espacio para poner sus cuadros gigantes y ocasionales esculturas.


La cama en un rincón y el perro en otro. Una especie de tina.bañera con una manguera en un rincón y no mucho más. Todo era tan bohemio que sí no fuera por la gigante computadora applemaquintosh que había sobre una mesa, hubiera pensado que era pobre.


Dejé mis cosas, me lavé los dientes y salimos hacia el concierto.


Julian sólo se movía en bicicleta y como yo no tenía una me llevó todo el trayecto en el asiento de atrás. Las subidas, bajadas y desniveles no estuvieron bien, pero el paisaje era embriagador.


Llegamos, conseguí entrada y el recital.


Y de repente, había algo que no estaba bien. Estaba en AMSTERDAM, en un RECITAL de THE MARS VOLTA y NO estaba fumando marihuana.


Y entonces no lo pude creer. Realmente estaba asqueada y pensar en fumar de nuevo era una idea que me parecía realmente repulsiva. ¿Era posible? Que gracias a una mala experiencia en Amsterdam dejara de fumar?


El concierto era en un lugar llamado Paradiso y era difícil diferenciar sí había sido un templo o un teatro en tiempos pasados.


Cedric tenía un microfono blanco y gigante que parecía un porro. Me pregunté si era adrede. La escenografía era una tarántula de mil ojos.


Al salir del concierto fuimos a la zona roja, paseamos por el centro de la ciudad que, a decir verdad, no era demasiado grande y todo estuvo bien.


Volvimos paseando por ahí y al llegar chequée el mail


Malas noticias:

lovely,

i dont know what day of the kiss mean
but i wrote in the newsletter thats this was the day!
but we missed it and we didnt celebrate it. what a shame!
so i thing we have to do our own day of the kiss!

schlagermove is really really crap. so dont think about it.
but if you like we can go there an laugh about the people.
at that festival the people are wearing some
kind of flower-power cloth and dance and drink to
really shitty geman music from the past.

but i have to tell you that i got a serious problem
with my fucked up friend.
i really dont like to ask but is it perhaps possible
that you come to me a day later?
i really dont want it that way but i have to look after .
i dosent have do something with girls or what ever.
i feel like that i have do it.
when it isn#t possible for you than you can shurly come,
i will find an other way than...
it makes me really sad to ask this but i told you already
that it isnt the best time for me at the moment.
fuck. dont take this amiss.

but than you can stay as long as you want!

kisskiss
théo


Y después de eso el ánimo me cambió para siempre. Realmente quería quedarme en silencio y no tener que hablar trivialidades, pero no podía ser tan descortés con Julian. Así que intenté ignorarlo todo y seguir.


Él salió un momento y al volver tenía unos pijamas muy graciosos y lindos. Color celeste, amplios. Intenté mantener la compostura, pero ese mail me había afectado profundamente. Ya tenía boleto para Hamburgo pero no podía volver. Realmente no sabía que hacer, así que comimos unos fideos recalentados, hablamos sobre el arte y nos fuimos a dormir. Esa sería la única noche que pasaría en Ámsterdam.