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sábado, 1 de octubre de 2011


In loving memory of "The man who changed the World" /// Frankfurt - Junio 2009

viernes, 1 de abril de 2011

13 de julio /// berlin - - - hamburgo

Una especie de culpa, de sentimiento de día perdido, se hizo presente durante la última cerveza del domingo con Lucy and Dreu. A fin de cuentas, nos habíamos pasado el día deambulando por ahí, haciendo lo que llamábamos "perder el tiempo", en lugar de disfrutar de las maravillas turrísticas que Berlin podía llegar a ofrecernos, aunque si lo pienso bien, supongo que no eran mucho más importantes que discutir determinados asuntos que ocurrían mucho más adentro en aquella ciudad.

Así que antes de ir a dormir, en el bar, luego de que les contara sobre ese pibe italoalemán que me estaba haciendo flashear y ellas me dieran todas las opiniones que podían llegar a darme, nos prometimos mutuamente tener un tourist day en la ciudad, es decir, visitar todos los lugares que consideremos de interés viajante antes de partir hacia Hamburgo lo antes posible.

Nos levantamos hacia las diez de la mañana y antes de hacer nada, salí a buscar un teléfono en el cuál pudiera llamar a Théo.
Sonreí durante todo el tiempo que duró la breve conversación teléfonica en la cuál me decía que vaya en cualquier momento. Le pregunté si llegar a la noche estaba bien (entre Hamburgo y Berlin hay cerca de tres horas de distancia) y me dijo que sí. De hecho, me avisó que a las siete, había un micro que salía directamente para allá.

Volví a la casa y emprendimos las últimas horas berlinesas.

Montamos en el u.bahn ( o s.bahn, ya no lo recuerdo ) y fuimos hacia el centro.

La primera parada fue en el parlamento: un enorme, sofisticado y complejo edificio montado en el medio de una porción, más gigante aún, de pasto, verde, casi fluorescente. Y un montón de turistas sentados en la hierba, sacando fotos, siendo nosotras.

Desde ahí, fuímos a la Puerta de Brandenburgo, ese lugar que había intentado visitar el viernes pero que la lluvía hizo imposible.

El sol se alzaba sobre nuestras cabezas, pero era ese tipo de clima en el cuales un extraño viento frío arruina todo y hace querer ponerse el saco para luego pasar por una vereda super acalorada y sudar lo suficiente como para sacárselo.

Muchos años atrás había visto "las alas del deseo", esa película de Wim Wenders ambientada en Berlin. Y rápidamente, mientras salíamos de las inmediaciones de la Brandenburg Tor, divisé el angel dorado a lo lejos, al final de una avenida.

Les dije a las chicas que quería ir allí y, una vez comenzada la peregrinación, nos dimos cuenta de que la avenida era muy larga y que el sol estaba elevándose y brillando demasiado. Así que a medio camino, dimos la vuelta y emprendimos el regreso para poder ir a nuestra próxima parada: un lugar de sumo interés histórico (especialmente para mí ha-ha), el Hotel Adlon Kempinski, ese edificio lleno de ventanas desde donde Michael Jackson, años atrás, casi tira a su recién nacido hijo al vacío para alimentar a sus fans.


Una vez Dreu nos hubo contado los detalles más frívolos posibles sobre el hotel y el incidente, satisfechas, decidimos tomarnos un poco más en serio la historia alemana y nos dirigimos hacia el Holocaust Memorial, que es básicamente un terreno ( en Berlin todo es sumamente espacioso ) en el que muchos (pero muchos) pilares de cemento de diferentes alturas se erigen, conformando una especie de laberinto gris y sombrío en las partes donde no hay turistas sacándose fotos.

Desde allí, Checkpoint Charlie, el paso fronterizo y más turistas y más fotos.

Y entonces, cuando uno miraba el piso, la huella visible de lo que quedaba del muro de Berlin en forma de sendero de piedras fijadas en el piso, marcando un límite imperceptible para el caminante habitual, pero notorio para el visitante quizás, se extendía bajo nuestras pisadas.

Quizás no son demasiados lugares cuando se los enumera de ésta forma, pero lo cierto era que tanto caminar y recorrer nos habían llevado hacia las dos de la tarde y había que comer algo en algún lugar.

Lucy era vegetariana, así que elegimos un pequeño deli donde se compró un sandwich de algo sin carne y Dreu y yo también elegimos algo del no demasiado variado menú.

El bus hacia Hamburgo salía a las siete de la tarde así que, de acuerdo con mi plan, tenía que estar en la casa cerca de las cuatro y media para armar el equipaje, despedirme de Paul y Michael y partir con tiempo de encontrar pasaje a la estación central.

Así que durante el almuerzo, horas antes de partir, me animé a consultar a las muchachas sobre algo que me rondaba en la cabeza desde los primeros instantes: la extraña relación de Michael y Paul, que se trataban de honey y se decían cosas lindas todo el tiempo.

Dreu intentó esbozar una idea, pero entonces Lucy la interrumpió al decir tajantemente que para ella sencillamente eran muy buenos amigos que se querían y todo eso. Y aparte, añadió Dreu, estaba esa exnovia de Michael que vimos el día anterior.

Me sentí un poco conventillera, pero lo cierto es que probablemente no vuelva a ver a esa gente en mi vida, así que sacarme esa estúpida duda tercermundista no estuvo mal del todo.

Así que finalizado el almuerzo fuimos al museum island a tirarnos en el parque ya que una hora y media definitivamente no era suficiente para recorrer ningún tipo de museo, salvo el del zapato en Northampton.

Tiradas ahí hablábamos sobre varias nimiedades más cuando a un costado de la catedral, vi la segunda TV Tower. Me tomé eso como un buen augurio de amor y felicidad y, hacia las tres y algo pasadas de la tarde, pedí a las chicas que me acompañasen a la estación de subte en la cuál tomar el tren que me lleve de regreso a la casa y de allí al hogar que reinaba en mi corazón, en hamburgo.

Las horas corrían y sencillamente era una cuestión de dar pasos: llegar a la casa, tocar el timbre.

Michael en la cocina y mi equipaje en la habitación.

Guardé todo en la mochila, puse los regalos para Théo en una bolsa azul y lista, fui a despedirme de Michael ya que Paul no estaba.

Le dejé mis saludos más cariñosos, y salí del edificio, sólo para regresar porque me dí cuenta de que había dejado la toalla en el baño.

Salí de nuevo.

Y la estación de bus de Berlin. Un boleto hacia Hamburgo. Sale en media hora.

Para mi sorpresa, el bus iba casi vacío. Atrás mío, una mujer hablaba en español por celular.

Me pasé todo el rato escuchando la conversación, la mujer era una devota creyente y discutía, teléfono celular y muchos minutos libres seguro, sobre sí dios realmente perdona a quien se arrepiente de corazón. Y dicen que el dios de los católicos es el dios de las segundas oportunidades, así que quien sabe.



Tres horas y algo después, llegué a la estación central de Hamburgo, tan familiar, tan cercano, y por la ventana, al anochecer, con su bolsa de las compras al hombro, divisé a Théo, que miraba atento sin darse cuenta de que era observado.

Bajé del autobus y un beso que duró mucho tiempo. Extraña añoranza y vamos para casa.

En el camino, me dijo que al llegar, chequée el cubrecamas.

Entramos a la casa, saludé a los gatos, mish mish

Y al tirarme en la cama, me di cuenta de que estaba acostada sobre decenas de corazones que formaban el estampado del acolchado.

Me sentí querida y añorada, jóven y hermosa. Feliz.



miércoles, 30 de marzo de 2011

12 de julio /// berlin

Todas juntas durmiendo en el piso de una habitación perteneciente a un sujeto alemán llamado Paul.

Lucy, Dreu y yo.

Ellas, sobre un colchón inflable gigante que pude haber usado la noche anterior pero que no vi debido a la oscuridad.

Yo, acostada a un costado en otro, un pequeño colchón de diez centimetros de altura con suerte y la perspectiva de un nuevo día.

El sol entrando por la ventana y Paul, ausente.

Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, abrimos los ojos casi en simultáneo. Juntas, temerosas de lo que pudiéramos encontrar en la soledad de la casa, fuimos a la cocina.

Michael miraba algo en la computadora y Paul, en calzones, freía huevos.

Creo que me sentí impresionada de la facilidad exhibitoria de Paul. De la intimidad impuesta a fuerza de anfitrioneidad y sientanse como en casa. Creo que no quería saber que debajo de toda esa ropa negra repetida sin parar, Paul escondía algo azul.

Sentados a la mesa, desayunando algo de té, Paul nos explicó que ese día no iba a poder estar con nosotras porque tenía que estudiar y Michael directamente no separó los ojos de la pantalla. Las chicas hicieron chistes para romper el hielo: chistes con madres y hermanas. Lucy era un camionero inglés con un acento dificil y empastado. Nos contó que tomaba cerveza desde los trece años. Dreu no dejaba de chequear su ai.phone y de decir "he didn't text me".

Así que, a diferencia del día anterior, que fue dudosamente puro en lo que respecta a lo masculino de la compañía, me las iba a tener que ver con éstas dos chicas que viajaban juntas, con las que apenas había cruzado palabras el día anterior y que prometieron despertarme para salir pero que no lo hicieron. Recelo.

De todas formas, las tres estuvimos de acuerdo en que lo mejor era dejar la casa lo antes posible para que Paul y Michael pudieran estar tranquilos.

Así que salimos y caminamos. Fuimos a un parque, recorrimos algunos mercados de pulgas, hicimos compras inútiles y ellas propusieron tomarse la primera cerveza del día. Les pregunté y me dijeron que al final no habían hecho nada la noche anterior, que por eso no me avisaron. Algo como alivio.

Eran las dos de la tarde y estábamos en un bar que daba a un lago. Hablamos mucho.

Ellas me contaron que estaban viajando juntas, que eran amigas. Me contaron sobre sus asuntos, o sea, sobre los asuntos que realmente importan durante un viaje, que son aquellos concernientes a cierto organo sanguíneo ubicado en alguna parte de lo que en la escuela primaria dicen que es el tronco.

Yo tenía de esos asuntos y ellas también. A saber: el eterno histeriqueo vía mensajes de texto y palabras en persona entre Dreu y un pibe y la pareja, the partner de Lucy, cuya situación no terminaba de entender del todo.

Y sólo después de algunas horas dándole vueltas a lo mismo, me di cuenta de que el asunto de Lucy era con una chica. Me sentí un poco ingenua, Lucy tan adulta, hablando sobre como sencillamente los hombres no le interesaban y que las mujeres eran su taza de té.

Y entonces, cuando terminamos la cerveza, seguimos dando vueltas por el barrio.

Caminamos sin rumbo perdiendo el tiempo y ellas simplemente dijeron vayamos a tomar más cerveza.

En el año 2009, yo tenía 25 años. Y cuando pienso en las cosas que hice a mis 26, sólo puedo pensar en que a esa edad empecé a tomar cerveza. O sea que durante el tiempo que pase con Lucy y Dreu, me lo pasé a pura coca y sólo hoy, que puedo diferenciar lo amarillo con gas de la cerveza de calidad, porque definitivamente es posible, me arrepiento en cierto punto de no haber aprovechado mi estadía en Alemania en ese aspecto.

Durante un viaje, hay días en los que ocurren millones de cosas: personajes extraños, situaciones raras, cosas recordables.

Y hay otros días, en los que no pasa nada particular, salvo una sucesión de hechos cotidianos de los que sólo queda una cierta esencia: Sé que ese domingo hablé mucho, que ese día me di cuenta de que extrañaba a mis amigas porque las opiniones entre mujeres con afinidad son muy importantes para poner en perspectiva las cosas que ocurren.

Pero curiosamente, a pesar de que hablamos desde el parque hasta el bar, desde tal barrio hasta el otro bar, por ciertas calles hasta la casa, que discutimos música, personalidades y hechos bien cercanos, cuando pienso en ese día, cuando lo recuerdo, sólo tengo la sensación del sol en la cara y las bolsas en la mano, el corazón en un cuadro tejido y planes amorosos.

Y la sensación de que en el fondo, todas las chicas se parecen.

Y volvimos a la casa, donde Paul estudiaba en la cocina y Michael hablaba con una chica que luego descubrimos era su exnovia que había pasado a buscar cosas.

Michael y una novia. Realmente ya no sabía que pensar.

y en la bandeja de entrada, eso que había estado en mi mente la mayor parte del día. Théo.


hi johan,

how are you?
so if you still like me you can visit me from monday on!
just call or write me!

take care
théo.


Así que con ese mensaje, que cambió la visión de la situación emocional extraña de los últimos días, salí de nuevo con Dreu y Lucy, a acompañarlas a tomar la próxima cerveza y a contarles todo lo que me había estado pasando en el órgano ese sanguíneo que mencioné anteriormente.


lunes, 11 de octubre de 2010

11 de julio /// berlin

Cuando me desperté Paul no estaba en la habitación. Los sonidos llegaban desde la cocina y las voces hablando y riendo en alemán no parecían muy lejanas. Había sido una noche incómoda: la oscuridad hizo que me durmiera en una posición extraña y eso, combinado con el resfrío que comenzaba a prenderse pero que no terminaba de explotar, y que ni siquiera un baño gigante pudo disipar, hacía que no me sintiera en condiciones aptas para la alegría tan temprano. La verdad era que ese sábado a la mañana la idea de interactuar con extraños que no hablaban mi idioma no era la que más me gustaba, pero Paul y Michael habían sido tan amables conmigo que poner mala cara simplemente me parecía que no estaba bien.


Así que me puse algo lindo, cepilléme los dientes y entré a la cocina haciendo como si nada.


Allí había dos chicas y un chico sentados a la mesa. Paul hacía café y Michael revolvía huevos a la vez que freía bacon.


Un poco de leche tibia con chocolate y pan untado con manteca después, me desayuné con que toda esa gente reunida allí estaba esperando a una agente de casting que no tardaría en llegar junto con un fotógrafo. El fin de semana siguiente estaba pautado el rodaje de algo en lo que iba a participar toda aquella compañía allí reunida esa mañana y ese desayuno tenía mucho de reunión de negocios.


Y entonces la agente llegó: se sacaron las fotos, conversaron, rieron, llenaron formularios, me ofrecieron actuar, dije no, nos reímos, huevos revueltos, café, pan tostado, amigos por la mañana, las doce y media y adiós cada uno a seguir con su sábado.


Me pareció muy raro y simpático que un grupo de amigos se junte a desayunar. Y no me imaginé celebrando tal ritual con los míos.


Mientras las visitas se iban, llamó Lucy avisando que se habían perdido, pero que estaban en camino, caminando.


-and where are they –preguntó Michael
- i don’t know, but seemed far – dijo Paul


Lucy era la de “Lucy and Dreu the english girls who are arriving today” como había mencionado Paul la noche anterior mientras fumábamos y me invitaban a la fiesta en un bote.


El Berlin, Beats and Boats, nombre que llevaba el evento, estaba anunciado a las dos. Teníamos que estar en el lago antes de esa hora, ya que la embarcación tenía que zarpar la embarcación y yo no tenía entradas.


Era casi la una y Paul estaba empezando a colapsar. No quería llegar tarde al bote bajo ningún punto de vista y las chicas no llegaban.


En medio de la incertidumbre, Paul y yo decidimos ir al bote, dejando momentáneamente a Michael esperando a Lucy y a Dreu y justo cuando estábamos por salir sonó el timbre: eran ellas.


Y entonces por las escaleras aparecieron dos chicas rubias llenas de equipaje. Una robusta, la otra relajada.


Paul estaba muy apurado así que las saludó, les dejó sus llaves, les dijo que se sintieran como en casa, Michael y yo apenas llegamos a decir hola y nos fuimos.


Caminamos con la bici y llegamos. Eran casi las dos de la tarde y el lugar estaba lleno de gente con ropa apenas extravagante, mostrando mucha piel, mucho bronceado, mucho peinado sofisticado, mucho fluo, mucho, mucho. Paul y Michael estaban un poco tensos, la llegada tardía de las chicas generó una energia extraña entre ellos que intentaban mostrarse amables pero que no podían ocultar un ligero tedio.


Sin demasiado esfuerzo conseguimos una entrada para mí (y como sabría después, a un precio obscenamente caro) y subimos al bote.


Todo el mundo parecía colocado. Estaban todos demasiado eufóricos y eran las tres de la tarde. El recorrido del bote comprendía una vuelta de varias horas alrededor de un lago berlinés.


La música era electrónica. Y para mi gusto, demasiado aburrida y basureica. Si realmente quería pasarla bien, tenía que hacerlo: smoke Joint


Así que le dije a Michael que se arme uno y procedimos. Paul se fue a bailar y tengo que admitir que lucía casi tan eufórico como el resto de los asistentes. Michael y yo estábamos un poco hastiados.


Fumamos y el paisaje dejó de ser tan malo. El clima era agradable y el lago también. Si no pensaba positivamente, el drum n’ bass me iba a hacer saltar del bote a sabiendas de que no sé nadar.


Así que me concentré en el paisaje y en lo extraño que era todo en ese contexto, quiero decir, estoy acostumbrada a ver gente tomando cocaína enfrente de mi cara, peinados extravagantes, gays desquiciados y mujeres haciendo de gato, pero a la noche y en un lugar cerrado. Y eso era exactamente lo mismo, pero de día y al aire libre, y no dejaba de no estar bien del todo.


La música electrónica no bajaba y todo el mundo estaba extasiado. Entré a la cabina a buscar algo para tomar.


El agua mineral venía en una botella diminuta de vidrio celeste. Traía menos de medio litro y salía tres! Euros.


-Genial- pensé- Voy a morirme deshidratada en el barco de los chicos ricos y los gays.


Tomé un par de botellas a lo largo de la tarde, Michael compró otras y esperamos pacientemente a que lleguen las siete, hora en que terminaba el paseo.


Fumamos mucho, dormimos una siesta en la cabina, hicimos de cuenta que nos divertíamos, nos aburrimos, nos divertimos, esperamos, Paul dio vueltas, yo miré mucho a los gays y la gente en general, y terminó todo.


Caminamos a casa y al llegar, merendamos, hablamos y hablamos con Lucy y Dreu. Ellas iban a salir, Paul y Michael se iban a dormir y yo no sabía que hacer.


Les dije que iba a dormir una siesta y que me despierten si salían, pero nunca lo hicieron y la siesta duró hasta el día siguiente.


Un sábado invertido de alguna manera. Actividades predeterminadas en horarios inusuales.

jueves, 29 de julio de 2010

10 de julio /// amsterdam-hamburgo-berlín

-your passport, miss?- dijo el policía.


Y entonces mi vida entera pasó frente a mis ojos: los padres, la droga, los tampones, théo, el equipaje, los perros, la policía, Amsterdam, el fin de semana, el futuro, aviones.


-yes, sure.


La tensión del momento hizo que me olvidara lo que pasó durante esos escasos minutos. Sólo me acuerdo del final, cuando el policía me preguntó algo que hasta ese momento no me había planteado: adonde iría después de Berlín. Casi sin pensarlo dije Paris.


El oficial pasó de mí y entonces pude volver a respirar. Después del susto me costó bastante dormir, pero una vez lo hice, al abrir los ojos, amanecía en Hamburgo.


Eran las siete de la mañana y era muy raro estar en esa estación sabiendo que Théo dormía no muy lejos de allí y más raro aún era recordar que justamente en ese lugar lo vi por última vez.


En la boletería saqué un pasaje a Berlín para partir dentro de los siguientes cuarenta minutos. Esperé sentada en un banco y una vez en el autobús, volví a dormir.


Al llegar a Berlín eran las once de la mañana y una vez más busqué la forma de llegar a la estación central. Tomé el tren-subte y llegué.


La estación central de trenes (técnicamente se llaman u-bahn que es el subte, y s-bahn que es el tren) de Berlín es inmensa y moderna. Tiene todo el frente hecho de ese material transparente que hace todo luminoso y suntuoso.


Con cada ciudad que dejaba, el equipaje se volvía más y más pesado.


Dejar la mochila en un locker fue algo demasiado difícil, ya que encontrar el guardaequipaje me tomó casi una hora. Me sentía desmoralizada y la ducha fría del día anterior no me había ayudado en absoluto ya que estaba a las puertas de un resfrío.


Revisé mi casilla de correo electrónico y afortunadamente tenía una confirmación por parte de un chico llamado Paul para quedarme en su casa durante el fin de semana.


Así que fui donde un teléfono y lo llamé. Quedamos en vernos a las cinco de la tarde en la estación de subte Slesisches Tor.


Así que tenía tres horas para gastar por ahí.


En la zona de la estación central, Berlín se dibuja como un lugar abierto. Algo desierto lleno de pasto pero con la sensación de que la grandeza histórica está cerca.


Salí de la estación y me encontré con un cartel que decía que la puerta de Brandemburgo estaba cerca. La tarde estaba nublada y hacía un poco de frío, pero de todas formas empecé a caminar.


El camino hacia la Puerta era a través de una especie de parque completamente libre de árboles. Aislados, había algunos edificios grandes y viejos.


Y justo cuando estaba en la mitad del recorrido empezó a llover. Tenía poca ropa encima y todo se volvió más frío aún. Corrí hacia el techo de una de esas moles de cemento y me quedé ahí. Apenas paró de llover volví a la estación. Llegué completamente mojada y algo moquienta. Busqué una farmacia en la estación para intentar comprar pañuelos descartables y al preguntar por ellos me imagino que mi estado sería bastante calamitoso porque la empleada me los regaló.


Y así fue como bajo una lluvia que no me bienvenía para nada, algo resfriada, triste por no ver a Théo y bastante insegura respecto al asunto alojamiento, llegué a Berlín.


Después de varias vueltas en la estación, por el patio de comidas, las tiendas y paseando tan feliz como se puede pasear en una estación de tren durante dos horas en una tarde de lluvia, llegó el momento de ir a encontrarme con Paul.


Tomé el u-bahn, hice combinación con otra línea de subte y no pagué boleto. La mochila pesaba mucho, no podía encontrar la boletería y menos aún entender las máquinas expendedoras.


Al llegar al lugar acordado con Paul me encontré con un chico alto de pelo corto-cortado muy prolijamente y vestido de negro. Sostenía una pizza en la mano.


Me sentía horrible.


En el camino a su casa me contó que vive con un amigo llamado Michael y que probablemente dos chicas más llegarían al día siguiente.


Llegamos y Paul dejó la pizza sobre la mesa de la cocina. Me sentí avergonzada del pelo sucio y mojado por la lluvia, de la misma ropa desde Amsterdam y del humor que rozaba la tristeza. Michael se estaba armando un porro mientras Paul mordía una porción de pizza y me ofrecía un poco a la vez, a lo que dije que no ya que no podía ni comer. Y entonces Paul dijo siete palabras mágicas y la suerte empezó a cambiar:


-do you want to take a bath?


Le dije que sí, que realmente lo necesitaba, que gracias y que me pase la marihuana. Le dije a Michael “is he always that kind?”


Porque realmente ofrecer algo tan cotidiano y sencillo como un baño a una persona a punto de desmoronarse era un gesto hermoso y grande en ese momento


-That’s why I live with him.- dijo Michael.


Con esa declaración las cosas comenzaron a ponerse raras. Pero no significó nada porque cuando Paul me guió hacia el baño, al ver la bañadera blanca y gigante y el cuarto de baño casi tan grande como la cocina, nada importó. No me lo podía creer. El baño era tan grande que podría haber dormido ahí para siempre.


-i know girls love big bathrooms
-i bet you know!


Me tomé dos horas para recomponer mi persona.


Al volver a la cocina, Michael jugaba con la computadora y Paul leía un libro. Fumamos un poco más y entonces me comentaron que al día siguiente tenían planeado ir a un evento llamado Berlin Beats & Boats, una fiesta de música electrónica en un barco recorriendo un lago a lo largo de la tarde. Me preguntaron sí quería ir y acepté.


Mientras Paul y Michael hablaban, me percaté de que se trataban de “Honey” y de que se decían cosas lindas todo el tiempo. Yo realmente no podía darme cuenta de que iba el asunto.


La noche llegó y como a la mañana siguiente unos amigos iban a desayunar y aparte querían estar descansados para la fiesta, Paul y Michael me comunicaron que esa noche no saldrían. Entonces Paul propuso alquilar una película. Barajaron algunos nombres pero Michael no parecía estar satisfecho con ninguno. Finalmente dijo un título y cuando Paul intentó contradecirlo, empezó a hacer pucheros. Al final Paul dijo que iba a decidir en la tienda.


Salimos y hablamos sobre cuán popular es el género música electrónica en Berlin en ese momento.


Caminamos y mientras a lo lejos se escuchaba un estruendo continuo espaciado por dos o tres segundos de pausa, a modo de chiste Paul dijo que la nueva música electrónica era tan minimalista que simplemente era ese sonido que escuchábamos al caminar: los puf puf con tres segundos de espacio en el medio generados por un parlante en algún lugar.


Al llegar al videoclub Paul eligió sin dudar la película que quería ver Michael. Se trataba de un drama retorcido y grotesco sobre una familia llamado Suzammen o algo así. La película era sueca con subtítulos en alemán. Si la memoria no me falla, Suzammen significa Juntos.


Y juntos fue como los tres nos acomodamos en la cama grande de M. para ver la película: Paul, Michael y yo en la punta.


Durante el comienzo de la película los chicos intentaron explicarme de que se trataba el film, pero a los 40 minutos ya estaba durmiendo en el hombro de Michael así que desistieron.


Al despertar Paul no estaba y Michael dormía al lado mío. Me levanté y como pude, en la oscuridad, fui a la habitación de Paul. Me tiré en el colchón que estaba en el piso, cerré los ojos y todo se terminó súbitamente.

martes, 1 de junio de 2010

1 de julio /// hamburgo --- Londres

-respect to the man in the ice cream van

Estábamos desayunando en la cocina, a sabiendas de que probablemente sería nuestra última mañana juntos, cuando a lo lejos se oyó una extraña e infantil musiquita, en movimiento. Era el camión de helados dando vueltas por ahí y entonces Théo me contó que hay un rap que dice que hay que respetar al hombre en el camión de los helados. También dijo que hay una vieja leyenda urbana que dice que el hombre del camión de los helados, además de hacer la alegría de los niños, haría la de los grandes, ya que aparentemente sería un distribuidor de droga más en el mundo.

Terminamos de desayunar y volvimos a la cama: ese día Théo iría a trabajar un rato, un poco más tarde.

Estábamos en el medio de una de esas situaciones llenas de miradas, manos y labios cuando de repente dijo

-i really think we should sleep together

-aren't we doing it already?

-that is not exactly what i meant

y sucedió.

Las manos se me durmieron.


Algunas horas después Théo se fue a arreglar unos asuntos al estudio y me dejó armando el equipaje.
Cuando volvió faltaba un rato para que salgamos hacia la estación de ómnibus donde tomaría un bus hacia el aeropuerto de Lübeck, que queda en las afueras de Hamburgo, en donde abordaría el avión que me llevaría a Londres esa noche, al aeropuerto de Stansted exactamente.

El tiempo pasaba y no me importaba.

-somebody is thinking about missing the plane...

Y realmente pensé seriamente en la posibilidad de dejar ir ese avión y quedarme ahí, tan hermoso era todo, pero entonces Théo me explicó que si me quedaba, no tenía mucho sentido, ya que el fin de semana él y Daniel tenían que ir a Berlin a pasar música en un lugar, y entonces habría perdido el avión sólo por quedarme dos días más.

Pero la tristeza de ambos era demasiado.

-do you think i should come back?
-please, come back.


Sonreímos y supimos que íbamos a volver a vernos. Era sólo cuestión de combinar todo de forma conveniente.

Terminé de empacar y fuimos a la estación central. El sol del atardecer teñía la ciudad de un extraño color ocre. La vida parecía una foto vieja y a la vuelta de la estación comimos falafel y escuchamos a una mujer hablar en español. Nos reímos de eso.

El bus llegó y con él la despedida y el último beso.

Durante todo el viaje hacia el aeropuerto me lo pasé escuchando wouldn’t it be nice y pensando que Londres estaba a la vuelta de la esquina y que volvería a ver a Théo. Y realmente todo fue muy feliz.

Cuando anochecía subí al avión. Era de una aerolínea bastante barata y la prueba estaba en que cobraban todo lo que podían cobrar. Me senté en el minúsculo asiento y algunos minutos después, el avión despegó.

El vuelo fue corto y ahí conocí a Becky, una chica que estaba roja porque se quemó demasiado al sol, con un sombrero gigante y estorboso, una blusa strapless y shorts. Al hablar de alojamiento y lo tarde que llegaríamos, Becky me dijo que tenia reserva en un hostel para dos, pero como su amiga estaba sospechada de tener fiebre porcina se quedó varada en Singapur, así que una de esas reservas estaba libre y me la ofrecía. Yo aún no tenía idea de donde iba a quedarme los días que esté en Londres, así que acepté.

Desde que pasó lo de Michael Jackson todos los días aparecía algo nuevo en los diarios.

Al llegar a Londres, estuvimos cerca de dos horas esperando a que nos firmen el pasaporte. La fila era realmente larga y había pocos oficiales y a todos les daban mil vueltas para dejarlos entrar.

El amigo/compañero de asiento de Becky, que hizo la fila conmigo, era americano, pero lucía tremendamente canadiense: un poco gordo, con aparatos en los dientes, rosado y muy simpático (algo afeminado también). No recuerdo su nombre, pero seguro era Brian o algo así.

En Alemania hay unas golosinas muy populares que son unas gomitas con forma se oso llamadas Haribo. Brian me convidó algunas mientras los oficiales londinenses preguntaban hasta el grupo sanguíneo de las familias cuya piel era un poco más oscura que lo habitual. Así de estrictos eran los controles de frontera.

Cuando logramos salir del aeropuerto tomamos un bus de 9libras al centro. Victoria Station para ser más exactos.

Mis primeras impresiones de Londres aún cuando era muy tarde y verano, es que es un lugar muy frío y húmedo.

Una vez en Victoria Station nos tomamos un bus de esos que tienen dos pisos a no sé dónde y de ahí, un taxi (realmente caro) al hostel que quedaba, como me daría cuenta al día siguiente, en la zona de Kensington algo.

Cuando los trámites de registro y todo eso terminaron, después de un largo día, hacia las dos de la mañana, me dormí vestida en la parte de arriba de una cama marinera junto a cinco chicas más en una habitación minúscula en un hostel en algún lugar de Londres.

Aún tenía que encontrarme con Linnea y Chance, dos amigos que también estaban vacacionando en la capital inglesa al mismo tiempo que yo.

También tenía que encontrar un lugar donde quedarme los días que esté en Londres.

Blur tocaba al día siguiente en Hyde Park y también tenía que agenciarme una entrada.

Oh, Londres.



viernes, 9 de abril de 2010

30 de junio /// hamburgo

Promethéo tiene 28 años. Es el hijo mayor de un prestigioso guitarrista italiano y una alemana que no se cansa de malcriarlo a él y a su hermano menor, Daniel. Los hermanos son DJ's, pasan música en festivales, bares o donde sea que tengan que hacerlo, como por ejemplo la fiesta de Thurston en donde nos conocimos. De todos los hermanos que conocí, son uno de los pares más unidos que vi en mi vida. Théo y Daniel son tan unidos que viven en departamentos diferentes en el mismo edificio.

Théo vive en la planta baja. Tiene muchos discos de vinilo, un par de bandejas, un mixer y muchas cosas inherentes al mundo de los djs. También tiene una cama grande: es un chico alto y si bien es algo moreno (aunque quemado por el sol) tiene los ojos celestes más grandes, brillantes y cálidos que haya visto en mi vida. Debajo de sus ojos, ojeras mediterráneas marcadas y moradas. Théo tiene la nariz ligeramente quebrada en el tabique y le gusta decir que él es todo lo italiano que puede ser, mientras que Daniel heredó todo el costado alemán de la mezcla de sus padres.

Sus gatos Uschi y Bronko también son hermanos.

J: Do you think they know they are brother and sister?
T: I think they just think they belong together.

Aparte de la música electrónica que suele pasar, a Théo le gusta el hip-hop: con él descubrí la variante alemana del rap, algo muy llamativo y raro para mí, que no entiendo ni un ápice del idioma. Uno de los discos favoritos de Théo es Psyence Fiction de Unkle, un disco, al decir de Théo, completamente hecho con la cabeza.

¿Música hecha con la cabeza?

Al hablar sobre sonidos, rápidamente descubrimos que nuestros gustos, si bien con puntos en común, eran un poco diferentes. Théo llegó a la conclusión de que a mí me gusta la música hecha con el corazón, mientras que él prefiere la música hecha con la cabeza.

Para él la música hecha con el corazón es algo anticuado que por algún motivo no puede alcanzar su sistema y por eso no le gusta. Supongo que es parte de ser alemán.

Aquella mañana me desperté con un fuerte dolor de espalda, el sillón era un poco incómodo y no tenía idea de la hora que era aunque el sol brillaba a través de la ventana.

Me levanté y fui hasta la habitación de Théo.

Esa fue la primera vez que vi esa cama tan grande.

Théo dormía y ocupaba menos de la mitad del espacio. Así que después pensarlo por un par de segundos decidí acostarme al lado. Él sintió la nueva presión al costado de su cuerpo, el colchón ligeramente hundido.

Me acerqué para mirarlo bien de cerca mientras dormía.

Con los ojos aún cerrados me agarró de la cintura y me besó.

El primer beso.





Algunas horas más tarde nos levantamos y una vez estuvimos en la cocina me preguntó que quería desayunar. Yo sólo tomo chocolatada así que le pregunté si tenía. No dijo nada y salió de la casa precipitadamente, así, en calzones y remera. Volvió a los pocos minutos: en una taza transparente traía nesquick, lo había ido a buscar al departamento de Daniel. Me preparó la cocoa y el tomó café en una taza anaranjada con el logo del jägermaister. También hizo tostadas.

El mediodía había ocurrido hace algunas horas y yo tenía que volver al hostel, buscar mi pasaporte y llevarlo a la oficina de Ryan Air antes de las seis de la tarde.

Volvimos a la cama.

Finalmente nos levantamos y fuimos al hostel a buscar el pasaporte. En el camino encontramos una especie de negocio de segunda mano lleno de cachivaches. Entramos y esa fue la primera vez que vi una hermosa lampara con forma de gato. Era muy incómoda como para viajar con ella. Pero deseé poder tenerla.

Luego fuimos a la estación central, terminé el trámite y caí en la cuenta: al día siguiente tenía que partir hacia Londres.

Nos fuimos de paseo por el centro de Hamburgo.

El estado de fascinación mutua era tal que me pidió que me quede en su casa esa noche también. Así que fuimos a buscar todo mi equipaje al hostel.


Esa noche cocinamos algo con albahaca y bailamos canciones de hip hop en la cocina. Esa noche hablamos sobre muchas otras nimiedades y el piso de madera gastada y los gatos que ibanvenían y el plástico con estampado de flores pegado a la mesa.

La cama con esa funda amarilla y el edredón gigante, pesado a un costado.

Esa noche nos quedamos dormidos dándonos besos.


A la mañana siguiente, Théo dijo


-Do you want some cocoa?


sábado, 16 de enero de 2010

29 de junio /// hamburgo

La mañana del lunes 29 de junio en Hamburgo fue una bastante, bastante soleada. Al punto que hacia las siete de la mañana el resplandor del sol en la ventana me hizo despertar y en cuanto miré a la derecha, ví que en la cama de al lado un punk de pelo rosado dormía junto a una chica que se babeaba un poco.



Seguí durmiendo.


Un par de horas después, abrí los ojos de nuevo, pero esa vez, la chica al lado del punk ya no estaba. Por el contrario, el chico punk estaba armando la mochila.



Seguí durmiendo.



Algunas horas después, cuando todos en la habitación se fueron, me levanté, me arreglé un poco y salí a buscar algo para desayunar y a hablar por teléfono: el número de Théo en mi bolsillo.


Ir al supermercado en Alemania, cómo ya mencioné antes, es una experiencia extranatural por excelencia.



Y en ese momento, Alemania me pareció ser el único lugar del mundo dónde, en el supermercado, le dedican más de una góndola a los productos hechos de chocolate.



Las galletitas tenían chips de verdad y simplemente eran chocolatosamente interminables.



Antes de pasar por el supermercado, fui a hablar por teléfono.



Llamé por primera vez y me atendió una chica que dijo que llame a Théo al cabo de cinco minutos.



¿Una chica? ¿Qué me decía que llame de nuevo en cinco minutos? ¿Que Théo no podía atender?



Empecé a sentirme un poco tonta, pero en el súper me distraje con las variedades de salchichas -frankfutern- en la sección de congelados.



Pagué mis cosas y volví al kiosco para llamar a Théo. Un ring, dos ring, voz de mujer. puta madre.



"Théo sez jis gouin tchu pik iu ap at seven at de joustel"



"Théo me va a pasar a buscar a las siete por el hostel. Si!" pensé.



Esperaba para pagar la llamada cuando un pibe de aspecto punk, raro y descuidado entró al kiosco. En su hombro izquierdo llevaba algo que parecía una rata muerta. Pero no podía ser una rata muerta. ¿Estaría viva? ¿No sería raro que aunque esté viva luzca como muerta?



Pagué y me fui.



Desayuné en el hostel y empecé a pensar que si quería llegar a tiempo al concierto de Blur en Londres aquel miércoles, debía comprar un pasaje lo antes posible.



Chequée mis opciones en internet, pero para comprar un pasaje barato necesitaba tener una tarjeta de crédito. Y la tenía, pero simplemente no quería usarla porque la idea era tenerla en caso de emergencia.



Así que se me ocurrió salir a buscar una agencia de viajes o alguna forma de llegar a Londres desde Hamburgo.



Caminé algunas cuadras cuando me topé con Thurston. Él iba al banco, así que lo acompañé ya que me invitó a desayunar luego de hacer lo que sea que tenía que hacer en el banco.



Durante el desayuno, le conté sobre el asunto que tenía con el pasaje a Londres. Me dijo que podíamos ir a una agencia de viajes que estaba cerca de ahí. Él pidió un café, yo una coca-cola. La mesera nos sacó una foto con mi cámara. Algunas personas lo saludaron (evidentemente Martin tenía razón y era popular en el vecindario), pagamos y nos fuimos.



En la agencia de viajes, descubrí que un pasaje para salir hacia Londres al día siguiente o al siguiente, salía más de 150 euros que no estaba dispuesta a pagar.



Fuimos a la casa de Thurston y chequeamos pasajes en internet. No eran mucho más baratos y aparte, necesitaba una tarjeta de crédito. Thurston ofreció prestarme la suya, pero no podía aceptarlo. Le dije que iba a buscar otra solución, que no se preocupe, que usualmente consigo lo que quiero.



Así que nos despedimos y me fui al centro de Hamburgo a buscar un pasaje a Londres, ropa barata en H&M o lo que sea que tenga que encontrar.



Hamburgo es una ciudad portuaria. Hay bares que podrían frecuentar los marineros lo cuál hace que la decoración sea muy obvia. En las remeras, bolsos y demás objetos turísticos, el símbolo de Hamburgo es un ancla. Hay muchos jardines y algunas avenidas.



Al llegar a la estación central de ómnibus, intenté averiguar las diferentes formas de llegar a Londres.



La solución se presentó en forma de pequeña oficina de RyanAir. Así que por algunos euros, compré un pasaje de avión para salir hacia Londres el miércoles 1 de julio hacia las ocho y media de la noche.



El único inconveniente era que tendría que regresar al día siguiente porque sin darme cuenta había salido sin el pasaporte. Así que dejé el pasaje reservado y prometí regresar.



Cuando llegó la hora siete, Théo apareció en la puerta del hostel con la bicicleta y esperó por mí. Lo ví llegar a través de la ventana del primer piso que daba a la calle. Yo y mi costumbre de mirar por la ventana.



Nos saludamos y comenzamos a caminar hacia lo que Théo llamaba el costado trasher de Hamburgo: La zona de los bares de borrachos, los junkies y los cabarets. Luego fuimos a la casa de los Beatles en Hamburgo:



"HIER WONHTEN DIE BEATLES 1960"



Aquel día, fue el día más largo del verano y nosotros, casi dos perfectos extraños, caminábamos siguiendo el mismo compás y el tiempo parecía no pasar. Todo, absolutamente todo era motivo para sonreir, seguir caminando y hablar más.



Al atardecer, fuimos a un lugar llamado "Park Fiction": era una plaza grande cerca del puerto, había una cancha de fútbol y dispuestas por todo el lugar, palmeras de metal, de mentira, de color verde en las supuestas hojas y marrón en el tronco.



Nos sentamos y Théo se puso a armar un cigarrillo de tabacco mezclado con marihuana. El ambiente era agradable, los chicos jugaban a la pelota, la gente se divertía. Se respiraba buen humor.



Una vez terminamos de fumar fuimos para el lado del puerto.



Pasamos con la bici por la puerta de un restaurant muy elegante. En la puerta había mesas y sillas. Théo me contó que una vez, una chica que quería montárselo con él, lo invitó a comer ahí. Cuando nos alejamos un poco, me hizo notar que había escuchado que un par de comensales se rieron de nosotros, de nuestro paseo en bicicleta, nuestras sonrisas y eso.



-dont' you worry. They just don't get it.- dije.



Él sonrió y ahí pude entender que él sí lo había entendido.



La noche cayó y fuimos a seguir fumando a un parque que hace muchos muchos años había sido un cementerio. Sentados en un banco, en la oscuridad, cantamos canciones, hablamos sobre gatos, barcos y anclas y de repente, era muy tarde.



Salimos del parque y pensamos en que podríamos hacer. Después de mucho vacilar, decidimos ir a su casa. Yo simplemente no quería volver al hostel y simplemente queríamos seguir hablando.



Fuimos caminando. Pasamos por una avenida. Un auto chocado, sirenas de la policía. Daba igual, era la felicidad.



Al llegar, Théo empezó a murmurar algo como mitz mitz.



Abrió la puerta, entramos, y dos cascabeles con gatos detrás aparecieron. Eran Uschi y Bronko.



Joder. Soy alérgica a los gatos y éstos dos eran muy peludos.



Elegimos una película y antes de empezar a verla Théo hizo un llamado telefónico. Cuando cortó, me dijo:



-Listo, mañana no trabajo.
-¿Cómo que no trabajás?
-Si. No tengo ganas de ir mañana. Así que no voy.



Théo puso "All about Eve" en la computadora y a la hora de película, el sueño me encontró en ese sillón, no muy cómodo que digamos. Entresueños, sentí cómo Théo apagaba el artefacto y se iba a dormir a su cama, dejándome en el sillón. Minutos después, sentí una manta que me cubría.



Para ser un sólo día, habíamos pasado más de siete horas juntos.

jueves, 7 de enero de 2010

28 de junio /// hamburgo

-dis situeishon yud bi romantic bat aim friizing akchuali.
-me too. Would you like me to hug you?
-nou zencs… end aid laik tu gou chu de baz-rum du iu cinc its posibel?
-maybe we should go downstairs.
-oquei.

En el techo del edificio, a pesar del frío que hacía, con Théo parecía como si no importara nada excepto ese momento que estábamos viviendo. Los dos sabíamos que algo especial se palpaba en el aire y sólo podíamos hablar sobre trivialidades sin sentido en un inglés más que torpe. Que cuán lindo sería vivir cerca de la playa y cuantas estrellas y que noche tan linda y que es esa torre cuya silueta se recorta en la oscuridad y sonrisas y Théo intentó armar un cigarro pero el viento le voló el tábaco y yo lo acusé de torpe y el se defendió con alguna frase absurda.

Espiamos las ventanas de enfrente, nos reímos de unas siluetas, nos arropamos bajo la manta que fue a buscar cuando hacía un poco más de frío, pero simplemente de repente hizo demasiado. Él se ofreció a abrazarme, pero le dije que no: hacía apenas algunas horas que lo conocía y yo estaba ahí sola y eso.

Así que decidimos bajar al apartamento de Thurston, que estaba un piso debajo de donde se hacía la fiesta. Entramos, nos sentamos en el sillón y justo cuando nos estábamos acercando cada vez más para hablar, entraron Daniel y Houwaida junto a un par de amigos.

Se sentaron todos alrededor nuestro y una vez más recordamos cómo fue que entré en la fiesta. Les conté sobre mi vida en Argentina, hablamos de marihuana y muchas naderías llenas de etcéteras y simpatía. Hacia las siete de la mañana nos fuimos de allí. La fiesta había terminado y Thurston quería dormir.

Tomamos un taxi. Ellos me dejaron en el hostel.

Antes de bajar del auto les pedí sus números de teléfono pascara así poder hacer algo al día siguiente. En el bolsillo tenía el papel con la lista de hostels que me habían dado esa tarde en la oficina de información turística. Houwaida tenía una lapicera y Théo escribió su nombre y su teléfono.

Nos despedimos.

Entré al hotel y me fui a dormir feliz, con la sensación de vivir en una película.




Al mediodía siguiente, me levanté, me bañé, me arreglé un poco y salí a hablar por teléfono y ver que podía hacer. Llamé a Théo y me dijo que ese día no podía salir conmigo porque tenía que ir a un cumpleaños, pero de alguna forma insistió en que lo llame al día siguiente para hacer algo.

Me sentí un poco decepcionada pero tampoco era el fin del mundo. Muy por el contrario, Era El Mundo.

Así que salí a pasear. Comí papas fritas (pommes frites) en un puesto de falafel, compré agua en un kiosco y le pregunté a un chico por lugares lindos en el barrio, que se llamaba Saint Pauli y curiosamente, su símbolo era una calavera.

Pasée por las calles del nuevo barrio de moda en Hamburgo, lleno de mesas en las puertas de los bares, sol y gente sonriendo.

Un cartel que rezaba “brunch not dead” alentaba a las personas a desalmorzar a las dos de la tarde.

En la puerta de una de las iglesias del barrio, unos skaters practicaban ollies. En una callejuela, un montón de mapas gigantes colgados de la pared, mezclados con la vegetación del lugar hacían las veces de decoración extraña.

Una moto vespa resplandecía en la puerta de un edificio antiguo con tags y afiches de wilco pegados en la pared.

Caminé bastante más hasta que… me encontré nuevamente con la casa de Thurston.

Era el día de su cumpleaños y en agradecimiento por su simpatía para conmigo la noche anterior, le llevé una copia de mi comic.

Toqué el timbre y salió: sorprendido y sorpresivamente me saludó con un abrazo.

Entramos a la casa y sentados en los sillones había dos amigos, John y Martin.

John sólo pasaba a saludar y a los veinte minutos se fue.

Martin Langer resultó ser fotógrafo y uno muy bueno por cierto.
( http://www.seltsam.cc )

Hablamos mucho y una vez más, sin parar de reir, Thurston contó la historia sobre como la noche anterior simplemente me metí en su fiesta. Nos reímos y entonces Thurston propuso hacer un picnic en el techo, Martin aceptó y yo también. Pensé que probablemente Thurston no sabía que había estado en el techo la noche anterior con Théo.

Preparamos guacamole y Martin descorchó una botella de vino blanco. De allí al techo.

Sentados sobre una manta, con copas en la mano, al calor de sol del casi atardecer, Martin nos sacó fotos, charlamos sobre la vida y todo estaba en orden ese domingo.

En los alrededores del edificio de Thurston, una serie de edificios se erigían. Me sorprendí del aspecto diurno de aquellas estructuras que viera la noche anterior. Y les pregunté por los que más me llamaban la atención.

La tv tower: una torre de diseño retrofuturista con aspecto de haber sido construida durante la época de los supersónicos. Aparentemente funcionaba un restaurant allí.

De acuerdo a lo que me contó Thurston, el bunker, que básicamente es una enorme mole de cemento, fue construido durante el régimen nazi. Los hamburgueses reniegan un poco de ese lugar, pero el asunto es que cómo está hecha para no ser destruída jamás, en el hipotético caso de que decidan demolerla, el impacto de los explosivos repercutiría en las iglesias antiguas de los alrededores de forma negativa. Es por eso que no la destruyen, ya que varios edificios directamente relacionados con el nazismo fueron demolidos hace tiempo.

Hacia el atardecer, el simpático fotografo se fue y yo me quedé con Thurston. Hablamos más sobre Hamburgo, Alemania, Argentina y hasta vimos videos en youtube.

Indagando sobre su vida, Thurston me contó que solía ser un Dj de drum’n bass que tuvo cierto éxito en los ‘90. Con una sonrisa cómplice, Martin dijo que en el barrio la gente aún recuerda que es una celebridad y lo saludan por la calle. Y por algún motivo que no pude comprender, le dicen Don.

En la actualidad, Thurston se dedicaba a hacer el management de bandas de músicas internacionales cuando visitaban Alemania o se iban de gira.

Vimos el video de la canción que fue su hit y nos reímos del paso del tiempo.
Aparte de ver videos en youtube, le mostré fotos de nuestra presidenta y los dos coincidimos en que era mucho más glamorosa ( Thurston se sintió particularmente intimidado por la cantidad de rimel) que la sobria Angela Merkel.

Cuando ya vi que era demasiado tarde, me volví al hostel, caminando y sóla, a la una de la mañana y nada.

Así fue mi primer domingo en Alemania.




lunes, 21 de septiembre de 2009

27 de junio 2009 /// frankfurt---hamburgo

Era las diez y cinco de la mañana en la esquina (del lado del Burger King) de la estación central de trenes de Frankfurt cuando no tenía noticias de Azzedine, ni del Mercedes Benz negro, ni de la pareja, ni de nada.


Apostada con mi mochila gigante en el lugar acordado, decidí ir hasta un teléfono público y llamar al número que me anotó Steffen en caso de que pase algo.

Atendió un hombre, y cuando pregunté por Azzedine, resultó que era él. Estaba en el auto dando vueltas buscándome a mí y al segundo pasajero que viajaba con nosotros.

Finalmente nos pudimos encontrar.

Azzedine lucía como un chico rico con el pelo cortado en una peluquería cara: era alto, morocho, tenía una remera blanca ajustada y rasgos árabes o algo así. Nuestro acompañante apareció a los pocos minutos. Yo le dije rápidamente que no había dormido nada y luego de acomodar la mochila en el baúl me subí a la parte de atrás del coche con mi almohada, mi mantita y mi view master. El otro chico que viajaba con nosotros se sentó adelante.

Dormir. Eso era lo único que podía hacer durante el viaje.

Cuando desperté, estábamos muy cerca de Hamburgo. Azzedine contó que justó ese fin de semana había un encuentro de motoristas y que probablemente veamos muchos por la calle. En el resto del viaje les conté que la noche anterior había estado de fiesta y que por eso dormí todo el tiempo.

Y entonces llegamos a la estación central de Hamburgo.

Me bajé del auto, agarré mi mochila, pagué los 25 euros, me despedí y pensé:

-Y ahora qué.

Entré a la estación, busqué una oficina de informes (lo cuál me tomó cómo quince minutos), pedí un mapa y una lista de hostels. Luego fui al pizza hut de la estación donde me compré una porción de pizza de muzzarella (o margherita como le dicen ellos), busqué un lugar donde sentarme (adentro de la estación había un patio de comidas con mesas y sillas) y me puse a estudiar mis posibilidades de alojamiento.

Al cabo de media hora, salí de la estación, me metí en un locutorio y empecé a llamar a los hostels más cercanos.

Terminé reservando en el más barato de la lista. Habitación compartida: 16 euros. Nada mal.

Me tomé el Ubahn hasta SternChanze, bajé y busqué el hostel.

Hamburgo, a diferencia de Frankfurt, es un poco más sucio y algo más caótico. El hostel se llamaba “instant sleep” y la habitación que ocupaba, recibía el nombre de “ecke” ya que estaba situada en la esquina del edificio, que constaba solamente de un primer piso. Había varias camas y cómo la gente que entrara o saliera de la habitación me daba desconfianza, metí todas, absolutamente todas mis cosas, en uno de los lockers que se hallaban en el pasillo. Aunque si tengo que ser sincera, debo decir que en esa primera instancia, prácticamente me pelee con el pequeño y angosto armario.

Una vez hube terminado con la burocracia propia del registro en el lugar, dejar las cosas, el depósito, el candado, etc. etc. etc., salí a pasear por el barrio.

El barrio en donde me encontraba se llamaba St. Pauli que es un pequeño vecindario donde las calles son angostas, las paredes están cubiertas de posters, pintadas y calcomanías. Hay mesas y sillas en las veredas de los bares y está lleno de locales para comer falafel.

Así que me agencié uno.

Luego fui al supermercado donde un chileno me reconoció el español mientras hacía la fila para pagar el agua que había comprado,

Y seguí caminando.

Estaba anocheciendo cuando pasé por debajo de una ventana de la cuál salía una música demasiado buena para ser en Alemania: Si, era P-funk.

Así que con mi botella de agua Volvic bajo el brazo, le hice señas a los dos hombres que estaban sentados en el umbral de la ventana (era un primer piso).

Les pregunté si podía subir, y así como si nada, entré a la fiesta.

Saludé a los de la ventana: se llamaban Daniel y Rupert.

Daniel tenía aproximadamente mi edad y estaba armando un cigarrillo con hash cuando llegué. Rupert tenía por lo menos diez años más y acababa de volver de viaje por la India.

Era un apartamento que ocupaba casi medio piso. Los techos eran altos y las habitaciones, grandes, amplias, estaban casi vacías.

En la cocina había mucha gente y cerveza. En la habitación del medio, había un castillo inflable.

Fui, me tiré y ahí estaba él.

Seguí mi camino hasta el baño. La bañera estaba llena de botellas de cerveza.

Volví a la pista de baile donde la música se ponía cada vez mejor, y no me cansaba de festejar al DJ, Thurston.

Nos pusimos a hablar. Thurston tenía una camisa blanca con un dibujo de un dragón, también llevaba pantalones blancos. Me contó que estaban festejando con el vecino dos cosas: su cumpleaños por

un lado, y la mudanza de aquella casa, por el otro.

En un momento dado, alguien me ofreció hash. Una sóla vez había fumado hash y casi ni me acordaba. Así que acepté.

El hash es bueno. Genera siesta mental a los pocos segundos y luego se sienten nubes en la cabeza.

Es perfecto para bailar porque a uno le dan ganas de moverse con tanto humo en el cerebro.

Pero así como es bueno, también es efímero.

A los veinte minutos de haber fumado mis primeras pitadas de hash, descubrí que ya estaba en estado normal nuevamente.

Y no iba a tomar alcohol porque ya lo había hecho el día anterior.

“exotic latin american dancing bitch”: ese es el título que me adjudiqué aquella noche, ya que durante las primeras cinco horas no hice más que bailar aquella música que sonaba tan bien en esos parlantes tan grandes. Thurston no paraba de poner estupendas canciones para bailar y el hash no dejaba de circular. Durante algunas horas, fui la extranjera ridícula que baila como loca en una fiesta donde no la conoce nadie.

Hasta que las cosas empezaron a caerse como fichas de dominó.

Fue cuando estaba en uno de mis puntos de ebullición máxima con el hash.

Thurston le había comentado a varias personas mi atrevimiento al simplemente meterme en aquella fiesta donde no conocía nada excepto la música, y entonces, de repente, un rubio de 1,80 de altura me empezó a seguir a lo largo de las habitaciones de la fiesta. Hablaba español de la manera más torpe y aburrida que se pueda imaginar y en un momento dado empezó a asustarme ya que no se daba cuenta de que yo no quería ser quien le practique el idioma que había aprendido (mal) en la escuela secundaria.

Pero también era posible que todo fuera producto de mi imaginación debido a la paranoia que el hash pudiera llegar a generar.

En el transcurso de la fiesta conocí a Théo y a Houwaida, hermano y novia de Daniel respectivamente.

Théo estaba en el castillo inflable cuando entré a la fiesta y recorrí la casa por primera vez.

Houwaida llegó más tarde.

Y entonces estaba este tipo, el rubio que me seguía.

Y el hash seguía circulando, y no sabía si era la paranoia o que, pero me daba la sensación de que cada vez que le echaba una pitada a cualquier cigarrillo que me den, Rupert me miraba con gesto reprobatorio.

Y cuando me cansé del rubio, fui hasta Théo y le dije (en un inglés pésimo):

-Yo no sé si es el hash o que, pero me parece que ese blonde guy is following me

-No te preocupes, está todo en tú imaginación- dijo él.

Y entonces, en ese preciso momento, cuando Théo terminó de dar su diagnóstico, alguien me tocó el

hombro: era el pibe rubio. Théo hizo una mueca y yo me dí vuelta y grité. Théo también gritó (hizo “aaaa!!!” pero un poco más bajo que yo) y el rubio se alejó con una expresión de horror.

Y entonces empezamos a hablar.

Una cosa.

Dos cosas.

Tres cosas

Y

-Ya viste Hamburgo desde arriba?- Preguntó él.

-No- le respondí.

-Follow me- dijo.

Y entonces se generó una de esas situaciones espantosas que suceden cuando alguien se va con alguien con quien se supone no tendría que irse de una fiesta.

Y yo pasé la puerta y me encontré en el pasillo. Sóla, con Théo. Y lo seguí.

Subimos cuatro o cinco pisos por escalera hasta llegar arriba de todo. Él abrió una puerta y entramos a una especie de baulera.

Otra escalera. Una de mano, larga, insegura.

Y entonces: Hamburgo desde arriba.

Era maravilloso: toda la ciudad iluminada por la noche sólo con las luces del verano. Muchos edificios, la altura, la oscuridad.

Nos tiramos en el piso a ver las estrellas.

Éramos él, Hamburgo y yo.