Adoptando una actitud total y absolutamente adolescente, decidí hacer algo al respecto con el odio que me genera la literatura basura (llamese chick-lit, dick-lit o como sea que la prensa le ponga) durante mi hora de almuerzo.
No me acuerdo si conté, que un día en la oficina, Mónica me prestó el libro en el que se basaba la serie "sex and the city" y que lo empecé a leer y no pude pasar del capítulo tres de lo insoportable y estúpida que me resultaba ese tipo de prosa. No es fácil para alguien que lee a Salinger abrazar este tipo de libros con amor, pero para no hablar sin saber, le dí una oportunidad.
Trabajo en una oficina en la cuál me toca almorzar sola. A las 13 horas se van todos a comer y yo me quedó para abrirles la puerta. Mi horario de almuerzo, por consiguiente es a las dos.
En el año que llevo trabajando en este lugar, me he convertido en una especie de experta en localizar, bares, pagos fácil, librerias, shoppings y todo lo que esté en microcentro. Hasta conventos que ofician de almorzadero de oficinistas con tapper he llegado a descubrir (para luego frecuentar).
Pero después de 11 meses de recorrido diario por éstas calles, ya me aburrí de los falabella, el zara, el shopping, las librerias, los parques, las farmacias, las casas de cambio, los kioscos, las peatonales, las estatuas vivientes, la galeria jardín y todo lo que se encuentre a diez cuadras a la redonda (en realidad a la media redonda ya que pasando alem está puerto madero, lugar que encuentro bastante repulsivo y aburrido) de la intersección de las avenidas corrientes y alem.
Todos los días viajo en subte. Y para conseguir monedas, compro de a uno o dos viajes. La cuenta: 5 días a la semana, diez tarjetas por semana, 40 tarjetitas por mes, en fin, mucho papel que se va a la basura, mucho papel desperdiciado.
Una de las cosas que me indigna (en el fondo soy una persona alegre, eh?) es la gente que compra libros basura: o sea, literatura de mala calidad fruto de agentes de marketing y oportunistas.
Pero este fin de semana, después de darle vueltas al asunto, di con una especie de solución (o algo así) al problema de la aburrida hora de almuerzo, el exceso de cartoncitos del subte y mi fijado desagrado por los libros de mierda.
En la tarde del martes, junté todas las tarjetas que encontré tiradas por ahí, agarré un marcador y metí todo en la cartera.
Dándole vueltas a la idea (ingenua quizás) de que se puede hacer algo por el mundo, a partir de la premisa "no es culpa del chancho, sino del que le da de comer" tuve la idea de comenzar una agresiva y anónima campaña focalizada no en el autor (y no, porque no puedo tirarle una bomba a carolina aguirre) pero sí en el lector.
Ayer por la mañana, agarré todos los cartoncitos y en todos, de a uno, escribí con el marcador negro (de trazo contundente para que se note bien) la frase "HÁGASE UN FAVOR Y COMPRE UN LIBRO DE VERDAD"
Si, ya sé que es un poco abstracto eso del "libro de verdad", pero mi idea es que esa frase afecte a cualquiera que piense que comprarse el libro "los enredos de la señorita packman" o "loca por las compras" ( o sea, viajo en subte, sé que la gente, sobre todo las mujeres, lee eso) pueda ser una buena idea y que reflexione sobre el hecho de que de la nada, le apareció esa especie de consejo y bueno, eso solo, porque nunca voy a saber si empeoré el mercado editorial de best-sellers y si las acciones de anagrama (editorial que considero, dentro de todo, prestigiosa, excepto por las traducciones inmundas de Bukowski que dejan mucho que desear) se dispararon a causa de mi idealismo aburrido.
Así que ayer, feliz con la idea de fomentar la literatura de calidad, y aumentar las cuentas bancarias de los herederos o quien tenga los derechos de autor de los libros de Oscar Wilde (por decir alguien a quien respeto como escritor), comencé a recorrer las librerias buscando libros-víctima para insertarles, discretamente, mi mensaje.
Una libreria, dos librerias, tres librerias y... nada.
Parecía que mi sueño se había hecho realidad con sólo desear, sin necesidad de accionar: como por arte de magia, las mesas llenas de libros basura habían desaparecido y en su lugar, había cosas cuanto menos un poquito más interesantes, como el libro de Junot Díaz, que hojée el otro día en cúspide y lucía divertido y robable, o como la biografia de Ballard que salió hace poco.
Pero no, el mundo no funciona así.
Así que en la cuarta libreria pregunté por qué no "conseguía" el libro "luz, cámara, acepto" por ningún lado.
La respuesta del vendedor fue que los libros que más se venden, por un asunto de practicidad, los llevaron a la feria del libro y que en el resto de las sucursales dejaron pocos ejemplares, que probablemente ya se habrían vendido.
Claro, me olvidé de ese factor, la feria del libro, ese lugar que las personas que leen un par de libros por año visitan anualmente para sentirse en contacto con la cúltura,
Así que tuve que contentarme con meter mis tarjetitas en algunos crepúsculo, un loca por las compras pocket y en la biografia de guillote coppola.
Eso sí, la semana que viene no queda títere con cabeza, o por lo menos, bestiaria sin tarjeta.
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jueves, 7 de mayo de 2009
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