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jueves, 8 de julio de 2010

8 de julio /// amsterdam

El trayecto hacia Holanda consistía en bus/ferry/bus, así que durante las primeras horas del viaje dormí incómoda en el asiento hasta que a eso de la una de la mañana despertaron a todos los pasajeros porque el autobús había entrado al ferry. Así que salimos, esperamos, nos sellaron los pasaportes y después de cruzar el canal, volvimos al micro que regresó a tierra firme.


Mientras amanecía, los pequeños pueblos belgas del camino comenzaban su día. Eran lugares hermosamente quedados en el tiempo donde la vida moderna era perceptible con algo de esfuerzo.


Calculo que llegamos a Amsterdam hacia las once de la mañana. Y entonces al bajar del autobús, en la terminal, lo primero que hice fue comprar un pasaje para Hamburgo. En su último mail, Théo me decía que ese viernes tocaba un amigo en un bar y que podríamos ir. Así que el jueves a la noche estaría abandonando la ciudad. Salí de la estación con esa perspectiva feliz encima, y emprendí la ya repetitiva aventura de intentar llegar al centro de la ciudad desde el medio de la nada.


Entré al subte, una señora me ayudó con las indicaciones y al llegar a la central de trenes de Amsterdam dejé todo mi equipaje en el guardaropas. Más tarde iría a buscarlo, antes de encontrarme con Julian.


Desde que estaba en Europa no había llamado por teléfono a mi familia pero esa mañana, por algún motivo supongo relacionado al tiempo que pasó y el reciente cumpleaños de mi madre, me pareció apropiado llamar para mantener una pequeña conversación sobre el estado de las cosas.


Así que antes de ocuparme de cualquier cosa que me pudiera ocupar en Amsterdam, entré a un local, hice la llamada y así me enteré de que debido a la epidemia de gripe porcina, Buenos Aires estaba a un paso de la categoría pueblo fantasma. De que la enfermedad se cernía como un espectro sobre la incauta ciudad. Mi mamá no salía de su casa y mi hermano había estado en el hospital por un resfrío. La paranoia había llevado al desabastecimiento de elementos como alcohol en gel y barbijos. Y yo de verano a punto de fumarme un porro del tamaño de mi dedo anular.


La tercera cosa que hice al llegar a Amsterdam, fue comer unas papas fritas en un puesto de comida rápida. Y la cuarta, con las prioridades ya priorizadas, fue entrar a un coffee shop.


Estaba ahí para eso. Iba a fumar y después el plan era ir al museo de los pintores flamencos a alucinar con las pinturas. Más tarde iría a encontrarme con Julian.


Entré y le pregunté a la chica

Era como el paraíso del fumón: en diferentes tapers muchas variedades de flores canábicas. Y sí no se quería comprar en cantidad, vendían porros ya armados. Estupendo.


-Hello, please tell me about the different kinds of weed you have

-well we have this one, called inserte nombre aquí that makes you feel inserte emoción aquí and we have this one called inserte nombre aquí which makes you feel inserte emoción aquí

-oh, i want the strongest one

-are you sure?

-of course i’m sure i smoke everyday at home, I’m not afraid of any kind of strong weed

-well… we have this one, which is the special from the house and it is an special mix between inserte variedad aquí and inserte variedad aquí

-ok, i want that one and the inserte variedad aquí one. I also want a coke. Do you have lighters?

-oh, we don’t sell lighters (esta parte fue muy extraña porque justo detrás de la chica había una caja llena de encendedores pero ella se metió la mano en el bolsillo y sacó uno) but i can lend you mine

-oh thank you, can i go in there to smoke?

-yes sure


Y entonces entré a un lugar redundante: era una pecera con una pecera adentro. Un lugar confortable con sillones, luces tenues, una televisión en mute con el canal de deportes puesto, algunos espejos y la ya mencionada pecera con peces de colores adentro. Todo tipo de distracciones. También había unos tipos que estaban ahí fumando porro, riéndose y sacando fotos.


Y entonces, ahí sola, les pedí que me saquen una foto fumándome el primer porro en Amsterdam. Había esperado años para vivir algo así y finalmente estaba sucediendo. Esa noche vería a The Mars Volta y la experiencia sería total.


Y fumé, y fumé, y fumé. Cuando me di cuenta tenía medio porro encima y los tipos se estaban yendo. Me quedé sola en el lugar y mientras pensaba en cuando levantarme para ir al museo de los pintores flamencos, empecé a tener frío, no, calor, entonces empecé a abanicarme con un folleto. Tenía frío, tenía calor, mi cerebro estaba en saturno y no podía ni salir.


Me recosté en el sillón y entonces vino la chica que me atendió al principio. Me preguntó sí estaba bien y me advirtió sobre la posibilidad de que me roben la cartera si me quedaba dormida. Le dije que me sentía mal, así que me dejó dormir diez minutos. Que en realidad no dormí porque mi mente estaba en otro plano de existencia.


Finalmente vino un chico a darme charla y un chocolate. Me contó que su trabajo consiste en cuidar a la gente que se pasa como yo. Tomé más cocacola y entendí que me había bajado la presión. La marihuana había sido muy fuerte y las papas fritas no habían sido suficiente almuerzo.


El chico se rió cuando le conté que me había hecho la canchera con la chica que vendía la marihuana. Me dijo que eso pasaba todo el tiempo, y que gracias a eso, los turistas tarados pensé yo, él tiene ese trabajo.


Así que cuando me sentí mejor, antes de ver cuanto tiempo había pasado, le pedí que me saque una foto after-destruction.


Salí, tomé un poco de aire y me di cuenta de que había pasado más de tres horas en el coffeeshop. Malísimo. Ya no tenía tiempo de ir al museo. El olor a marihuana estaba impregnado por todos lados y a mí me daba náuseas.


Así que después de buscar el equipaje en la estación, hacia las cinco de la tarde tomé el trans (creo que le decían así) para ir hacia el lugar donde me tenía que encontrar con Julian.


Llegué y ahí estaba él. De estatura mediana, con muchos rulos, vestido de negro, en su bicicleta.


Nos saludamos y empezamos a caminar. La casa no estaba muy lejos de allí y en el camino me contó que ya había comprado su entrada para ver a Mars Volta, que había tenido que regalar unos gatitos que tenía y que su casa era una especie de casa tomada ( o sea, un squat ).


Al llegar nos encontramos con un edificio de tres o cuatro pisos semiabandonado. A su alrededor algunas bicicletas se amontonaban encadenadas. Julian abrió la puerta, me indicó que el baño estaba en el tercer piso, que él vivía en el segundo.


Abrió una puerta atada con una cadena y un candado.

La casa de Julian era un piso oscuro y enorme donde se amontonaba su obra. Claramente su casa era su taller y ahí tenía espacio para poner sus cuadros gigantes y ocasionales esculturas.


La cama en un rincón y el perro en otro. Una especie de tina.bañera con una manguera en un rincón y no mucho más. Todo era tan bohemio que sí no fuera por la gigante computadora applemaquintosh que había sobre una mesa, hubiera pensado que era pobre.


Dejé mis cosas, me lavé los dientes y salimos hacia el concierto.


Julian sólo se movía en bicicleta y como yo no tenía una me llevó todo el trayecto en el asiento de atrás. Las subidas, bajadas y desniveles no estuvieron bien, pero el paisaje era embriagador.


Llegamos, conseguí entrada y el recital.


Y de repente, había algo que no estaba bien. Estaba en AMSTERDAM, en un RECITAL de THE MARS VOLTA y NO estaba fumando marihuana.


Y entonces no lo pude creer. Realmente estaba asqueada y pensar en fumar de nuevo era una idea que me parecía realmente repulsiva. ¿Era posible? Que gracias a una mala experiencia en Amsterdam dejara de fumar?


El concierto era en un lugar llamado Paradiso y era difícil diferenciar sí había sido un templo o un teatro en tiempos pasados.


Cedric tenía un microfono blanco y gigante que parecía un porro. Me pregunté si era adrede. La escenografía era una tarántula de mil ojos.


Al salir del concierto fuimos a la zona roja, paseamos por el centro de la ciudad que, a decir verdad, no era demasiado grande y todo estuvo bien.


Volvimos paseando por ahí y al llegar chequée el mail


Malas noticias:

lovely,

i dont know what day of the kiss mean
but i wrote in the newsletter thats this was the day!
but we missed it and we didnt celebrate it. what a shame!
so i thing we have to do our own day of the kiss!

schlagermove is really really crap. so dont think about it.
but if you like we can go there an laugh about the people.
at that festival the people are wearing some
kind of flower-power cloth and dance and drink to
really shitty geman music from the past.

but i have to tell you that i got a serious problem
with my fucked up friend.
i really dont like to ask but is it perhaps possible
that you come to me a day later?
i really dont want it that way but i have to look after .
i dosent have do something with girls or what ever.
i feel like that i have do it.
when it isn#t possible for you than you can shurly come,
i will find an other way than...
it makes me really sad to ask this but i told you already
that it isnt the best time for me at the moment.
fuck. dont take this amiss.

but than you can stay as long as you want!

kisskiss
théo


Y después de eso el ánimo me cambió para siempre. Realmente quería quedarme en silencio y no tener que hablar trivialidades, pero no podía ser tan descortés con Julian. Así que intenté ignorarlo todo y seguir.


Él salió un momento y al volver tenía unos pijamas muy graciosos y lindos. Color celeste, amplios. Intenté mantener la compostura, pero ese mail me había afectado profundamente. Ya tenía boleto para Hamburgo pero no podía volver. Realmente no sabía que hacer, así que comimos unos fideos recalentados, hablamos sobre el arte y nos fuimos a dormir. Esa sería la única noche que pasaría en Ámsterdam.

jueves, 1 de julio de 2010

2 de julio /// Londres

Me había tocado dormir en la cama de arriba y cuando abrí los ojos me di cuenta de lo pequeña que era la habitación del hostel para el precio que había pagado por ella.



Mientras intentaba incorporarme al mundo, Becky guardaba su ropa en el bolso: su amiga que vive en Londres la había ido a buscar. Me dijo que bajaba a desayunar y que luego se iba. Le pedí que por favor me deje la llave de la habitación antes de irse, ya que una vez afuera no tenía forma de volver a entrar. La llave era una tarjeta.



Me vestí, bajé a desayunar y a chequear los mails.



Para acceder a Internet, había que comprar una tarjeta en la recepción. El hostel era todo angosto y estaba lleno de gente que parecía conocerse entre sí. Me sentí una verdadera extraña.



Abrí la cuenta de correo y encontré dos mails:



Estaba en Londres y no tenía alojamiento. Los hostels eran demasiado caros. Había estado escribiendo a varias personas del couchsurfing pero nadie me dio una respuesta que favoreciera mi situación.



La única esperanza residía en la posibilidad de quedarme con un amigo de mi amigo Fede, que estaba viviendo en Londres en ese momento.



Afortunadamente uno de esos mails era de Fede pasándome la dirección de mail de su amigo Simon. Rápidamente le escribí unas líneas contándole sobre mi situación. Me respondió a los pocos minutos dándome su número de teléfono. Lucky Me.



Siguiente mail:



hey johan-,

i hope that you had a good travel to london....

i really enjoyed the last days with you, so im looking

forward to see you again. i will try to get some holidays

at my job that i can spend more time with you.

perhaps you will see a museum than.

so please please tell when you come back and

where i can pick you up to carry your backpack!

enjoy everthing and take care!

see you soon,

théo



Rápidamente respondí que tendríamos que ponernos nuestras mejores ropas y salir a pasear, al museo o a dónde sea. Me fui al salón comedor.



La televisión estaba a todo volumen y la gente hablaba como si tuviera la boca llena de comida aunque no fuera así. Todo el inglés que había aprendido a lo largo de años de instituto no me había preparado para lo cerrado del acento.



En la cocina, muchos jóvenes lavaban y agarraban tazas, se servían café, untaban manteca en pan tostado, charlaban, reían, miraban.



Mientras desayunaba, noté que Becky no venía a darme la llave y mis cosas estaban en la habitación. Terminé, di unas vueltas buscándola y llegué a la conclusión de que se había ido y ya.



Pedí las llaves en recepción y subí a buscar la mochila. Guardé lo poco que había desempacado, me cargué y me fui.



Al salir a la calle, el sol pegaba fuerte. Busqué un lugar dónde hablar por teléfono. Con mi mochila que tenía casi las mismas dimensiones que yo, logré entrar a un locutorio o algo así.



¡Estaba en Londres! Pero no tenía idea de dónde estaba yo.



Llamé a Simón sin conseguir dar con él. Me conecté de nuevo, intercambiamos algunos mails y finalmente me pasó la dirección de su casa.



Busqué la estación de subte, o underground, más cercana y una vez allí, emprendí varios intentos para averiguar como funcionaba el sistema de transporte público.



Lo primero que hice fue buscar la casilla de información. Como la mochila pesaba mucho y estorbaba aún más, desistí de hacer la fila. Fui hacia los molinetes, pero no terminé de entender cómo es el asunto, así que intenté regresar a la ventanilla de información, pero de repente, de la nada, aparecieron como 20 chinos con cámaras de foto y se pusieron todos adelante mío en la fila.



Regresé a los molinetes con la intención de hablar con algún guarda de seguridad, pero una mujer, ante mi desconcierto y cara de perrito mojado, me interceptó y me dio un boleto. No entendí demasiado lo que pasaba, pero pasé el boleto por la ranura del molinete y listo, ya estaba adentro.



Era un one day ticket. Simón me diría más tarde que ese boleto sirve para hacer todos los viajes que quiera a lo largo de la jornada.



Y entonces, el subterráneo londinense. Mis auriculares largaban algo de Badly Drawn Boy, Something to Talk About. Escuché la canción en repeat constante y me dije a mi misma que en el futuro, cuando escuche esa canción, automáticamente iba a pensar en Londres y a regresar a esa situación.



Me bajé en la estación Aldgate East. Una vez en la calle, caminé unos metros y me metí en un local de comidas para preguntar por la calle que estaba buscando. El hombre que atendía me indicó cómo llegar (realmente era muy fácil) y al terminar me dijo:



One pound



Lo miré con cara de desconcierto y él y su compañero empezaron a reirse.



Llegué a casa de Simón. Al bajar a abrir, me encontré con un muchacho alto y muy quemado por el sol. Me sentí feliz de hablar en castellano, en porteño finalmente, con alguien.



Hablamos sobre Londres, Douglas Coupland, el viaje, nuestro amigo Fede, sobre como se quemó con el sol cuando se quedó dormido en el parque y mientras tanto me cocinó unos fideos.



Más tarde llegó su compañera de piso, una chica alta de ojos claros, pelo largo, portuguesa, actriz y vestida de verano. Acababa de recibir por correo Maus, el comic de Art Spiegelman, y mientras lo hojeaba nos contó que como estaba haciendo una obra sobre el holocausto, trataba de leer material sobre el tema.



Se fue de la cocina y nosotros salimos a dar una vuelta y a sacar fotos.



La disquería cool del barrio se llama Rough Trade, allí, miramos discos, y, prestándole atención a todo, intento retener en mi mente todo lo que veo.



Los altares para Michael Jackson seguían multiplicándose por ahí, y yo, lamentando lo sucedido.



Nos metemos en una de las diversas tiendas de ropa usada y para mi sorpresa, no es barato en absoluto.



El vecindario donde vive Simon, se llama Aldgate East. Está lleno de inmigrantes indios, pero también hay tiendas de discos, galerías de arte y en las paredes sin ir más lejos, el arte emana en forma de murales con todo tipo de imágenes y técnicas que van desde el stencil, pasando por el collage y terminando en el rasqueteado de paredes a fin de formar una imagen.



Después de caminar un rato, Simon decide volver a su casa y yo me voy al mercado de Camden. Quedamos para vernos más tarde e ir al recital de Blur.



El Camden market está dividido en tres partes: en la primera, venden ropa, y está lleno de puestos con percheros. La ropa se repite y el precio varía depende el puesto.



En una de las perchas veo un vestido que me gusta: pregunto el precio y el tipo me dice algo muy elevado para el presupuesto que manejo. Aunque hago un ademán que indica que no estoy interesada, el hombre empieza a sacar el vestido y a meterlo en una bolsa. Le digo que no lo quiero y de una forma algo agresiva, me dice en un inglés que apenas logro entender


-¿y entonces para qué me preguntas?


Me voy.



La segunda parte del mercado es un predio lleno de casitas de madera que hacen las veces de negocios. Ahí venden de todo, hay muchos asiáticos y nadie avisó que la moda raver terminó hace algunos años (por lo menos para mí).



En algunos puestos los empleados son esos punks que siempre se ven en las fotos que aluden a Londres, exagerados, raros, comunes.



Las remeras y accesorios de un tal Ed Hardy están de moda y las imitaciones se repiten por doquier.

El tiempo pasa merodeando por ahí y la hora de partir para encontrarme con Simon llega. Pero antes de irme entré a un Kentucky fried Chicken y por 2 libras comí pollo con papas fritas. Bueno, pollo no, técnicamente es Pop Corn Chicken. No terminé de animarme al fish and chips.



Usando mi one day ticket una vez más, tomé el subte y me encontré con Simon en una esquina cercana a Hyde Park. Caminamos por la zona pasando por el palacio de Buckingham; en el trayecto ambos acordamos que no pagar más de 20 pounds por entrar al concierto.



Al llegar al primer acceso, nos ofrecen entradas por 40 libras. Las rechazamos amablemente.



Seguimos caminando. Los revendedores de entradas se multiplican, el tiempo corre, y los precios no bajan.



Finalmente, minutos antes de que empiece el show, conseguimos dos entradas a 20 pounds cada una.



Al entrar al campo comienza a sonar She’s so High y no puedo evitar correr hacia delante. Antes de desaparecer de su vista, arreglo un punto de encuentro con Simon.



Y entonces pienso en eso que dicen de que el público argentino es el mejor y bla bla y pienso que son puras patrañas. Los ingleses se la pasan tomando cerveza y el campo es un reguero de botellas de plástico verde aplastadas por el peso de la multitud. Están todos alegres y arengados...


Las botellas en todas partes y todo el mundo ebrio, entusiasta y gritón.



Al llegar el momento de Tender, la gente se pone particularmente afectuosa con la banda y no para de corear OH MY BABY OH MY BABY durante varios minutos. Ellos lucen visiblemente emocionados.



Intenté pedir porro, me mojaron el pelo con cerveza, había novios protectores, chicas barricada, había muchas cámaras modernas, había muchos borrachos y yo, yo estaba ahí.



Graham Coxon está gordo, Damon Albarn luce cansado, el baterista ahí y Alex James como si el tiempo nunca hubiera pasado.



El show parecía auspiciado por Fred Perry y su nueva colección de camisetas primavera/verano 2009.



Aunque la escenografía son dos mapas políticos de la isla, hacia el final una gigante bola de espejos se erige sobre las cabezas de la banda.



El show termina, me encuentro con Simon, y algunos amigos suyos. Vamos de bares por ahí. La gente toma cerveza en vasos de vidrio mientras conversa animadamente en la vereda.



Los edificios transpiran historia y los bartenders empiezan a echar a la gente. No es demasiado tarde, pero el día fue muy largo.



Y entonces regresamos a la casa de Simon, me baño, me tiro en el sofá y me duermo instantáneamente.







martes, 1 de junio de 2010

1 de julio /// hamburgo --- Londres

-respect to the man in the ice cream van

Estábamos desayunando en la cocina, a sabiendas de que probablemente sería nuestra última mañana juntos, cuando a lo lejos se oyó una extraña e infantil musiquita, en movimiento. Era el camión de helados dando vueltas por ahí y entonces Théo me contó que hay un rap que dice que hay que respetar al hombre en el camión de los helados. También dijo que hay una vieja leyenda urbana que dice que el hombre del camión de los helados, además de hacer la alegría de los niños, haría la de los grandes, ya que aparentemente sería un distribuidor de droga más en el mundo.

Terminamos de desayunar y volvimos a la cama: ese día Théo iría a trabajar un rato, un poco más tarde.

Estábamos en el medio de una de esas situaciones llenas de miradas, manos y labios cuando de repente dijo

-i really think we should sleep together

-aren't we doing it already?

-that is not exactly what i meant

y sucedió.

Las manos se me durmieron.


Algunas horas después Théo se fue a arreglar unos asuntos al estudio y me dejó armando el equipaje.
Cuando volvió faltaba un rato para que salgamos hacia la estación de ómnibus donde tomaría un bus hacia el aeropuerto de Lübeck, que queda en las afueras de Hamburgo, en donde abordaría el avión que me llevaría a Londres esa noche, al aeropuerto de Stansted exactamente.

El tiempo pasaba y no me importaba.

-somebody is thinking about missing the plane...

Y realmente pensé seriamente en la posibilidad de dejar ir ese avión y quedarme ahí, tan hermoso era todo, pero entonces Théo me explicó que si me quedaba, no tenía mucho sentido, ya que el fin de semana él y Daniel tenían que ir a Berlin a pasar música en un lugar, y entonces habría perdido el avión sólo por quedarme dos días más.

Pero la tristeza de ambos era demasiado.

-do you think i should come back?
-please, come back.


Sonreímos y supimos que íbamos a volver a vernos. Era sólo cuestión de combinar todo de forma conveniente.

Terminé de empacar y fuimos a la estación central. El sol del atardecer teñía la ciudad de un extraño color ocre. La vida parecía una foto vieja y a la vuelta de la estación comimos falafel y escuchamos a una mujer hablar en español. Nos reímos de eso.

El bus llegó y con él la despedida y el último beso.

Durante todo el viaje hacia el aeropuerto me lo pasé escuchando wouldn’t it be nice y pensando que Londres estaba a la vuelta de la esquina y que volvería a ver a Théo. Y realmente todo fue muy feliz.

Cuando anochecía subí al avión. Era de una aerolínea bastante barata y la prueba estaba en que cobraban todo lo que podían cobrar. Me senté en el minúsculo asiento y algunos minutos después, el avión despegó.

El vuelo fue corto y ahí conocí a Becky, una chica que estaba roja porque se quemó demasiado al sol, con un sombrero gigante y estorboso, una blusa strapless y shorts. Al hablar de alojamiento y lo tarde que llegaríamos, Becky me dijo que tenia reserva en un hostel para dos, pero como su amiga estaba sospechada de tener fiebre porcina se quedó varada en Singapur, así que una de esas reservas estaba libre y me la ofrecía. Yo aún no tenía idea de donde iba a quedarme los días que esté en Londres, así que acepté.

Desde que pasó lo de Michael Jackson todos los días aparecía algo nuevo en los diarios.

Al llegar a Londres, estuvimos cerca de dos horas esperando a que nos firmen el pasaporte. La fila era realmente larga y había pocos oficiales y a todos les daban mil vueltas para dejarlos entrar.

El amigo/compañero de asiento de Becky, que hizo la fila conmigo, era americano, pero lucía tremendamente canadiense: un poco gordo, con aparatos en los dientes, rosado y muy simpático (algo afeminado también). No recuerdo su nombre, pero seguro era Brian o algo así.

En Alemania hay unas golosinas muy populares que son unas gomitas con forma se oso llamadas Haribo. Brian me convidó algunas mientras los oficiales londinenses preguntaban hasta el grupo sanguíneo de las familias cuya piel era un poco más oscura que lo habitual. Así de estrictos eran los controles de frontera.

Cuando logramos salir del aeropuerto tomamos un bus de 9libras al centro. Victoria Station para ser más exactos.

Mis primeras impresiones de Londres aún cuando era muy tarde y verano, es que es un lugar muy frío y húmedo.

Una vez en Victoria Station nos tomamos un bus de esos que tienen dos pisos a no sé dónde y de ahí, un taxi (realmente caro) al hostel que quedaba, como me daría cuenta al día siguiente, en la zona de Kensington algo.

Cuando los trámites de registro y todo eso terminaron, después de un largo día, hacia las dos de la mañana, me dormí vestida en la parte de arriba de una cama marinera junto a cinco chicas más en una habitación minúscula en un hostel en algún lugar de Londres.

Aún tenía que encontrarme con Linnea y Chance, dos amigos que también estaban vacacionando en la capital inglesa al mismo tiempo que yo.

También tenía que encontrar un lugar donde quedarme los días que esté en Londres.

Blur tocaba al día siguiente en Hyde Park y también tenía que agenciarme una entrada.

Oh, Londres.



viernes, 9 de abril de 2010

30 de junio /// hamburgo

Promethéo tiene 28 años. Es el hijo mayor de un prestigioso guitarrista italiano y una alemana que no se cansa de malcriarlo a él y a su hermano menor, Daniel. Los hermanos son DJ's, pasan música en festivales, bares o donde sea que tengan que hacerlo, como por ejemplo la fiesta de Thurston en donde nos conocimos. De todos los hermanos que conocí, son uno de los pares más unidos que vi en mi vida. Théo y Daniel son tan unidos que viven en departamentos diferentes en el mismo edificio.

Théo vive en la planta baja. Tiene muchos discos de vinilo, un par de bandejas, un mixer y muchas cosas inherentes al mundo de los djs. También tiene una cama grande: es un chico alto y si bien es algo moreno (aunque quemado por el sol) tiene los ojos celestes más grandes, brillantes y cálidos que haya visto en mi vida. Debajo de sus ojos, ojeras mediterráneas marcadas y moradas. Théo tiene la nariz ligeramente quebrada en el tabique y le gusta decir que él es todo lo italiano que puede ser, mientras que Daniel heredó todo el costado alemán de la mezcla de sus padres.

Sus gatos Uschi y Bronko también son hermanos.

J: Do you think they know they are brother and sister?
T: I think they just think they belong together.

Aparte de la música electrónica que suele pasar, a Théo le gusta el hip-hop: con él descubrí la variante alemana del rap, algo muy llamativo y raro para mí, que no entiendo ni un ápice del idioma. Uno de los discos favoritos de Théo es Psyence Fiction de Unkle, un disco, al decir de Théo, completamente hecho con la cabeza.

¿Música hecha con la cabeza?

Al hablar sobre sonidos, rápidamente descubrimos que nuestros gustos, si bien con puntos en común, eran un poco diferentes. Théo llegó a la conclusión de que a mí me gusta la música hecha con el corazón, mientras que él prefiere la música hecha con la cabeza.

Para él la música hecha con el corazón es algo anticuado que por algún motivo no puede alcanzar su sistema y por eso no le gusta. Supongo que es parte de ser alemán.

Aquella mañana me desperté con un fuerte dolor de espalda, el sillón era un poco incómodo y no tenía idea de la hora que era aunque el sol brillaba a través de la ventana.

Me levanté y fui hasta la habitación de Théo.

Esa fue la primera vez que vi esa cama tan grande.

Théo dormía y ocupaba menos de la mitad del espacio. Así que después pensarlo por un par de segundos decidí acostarme al lado. Él sintió la nueva presión al costado de su cuerpo, el colchón ligeramente hundido.

Me acerqué para mirarlo bien de cerca mientras dormía.

Con los ojos aún cerrados me agarró de la cintura y me besó.

El primer beso.





Algunas horas más tarde nos levantamos y una vez estuvimos en la cocina me preguntó que quería desayunar. Yo sólo tomo chocolatada así que le pregunté si tenía. No dijo nada y salió de la casa precipitadamente, así, en calzones y remera. Volvió a los pocos minutos: en una taza transparente traía nesquick, lo había ido a buscar al departamento de Daniel. Me preparó la cocoa y el tomó café en una taza anaranjada con el logo del jägermaister. También hizo tostadas.

El mediodía había ocurrido hace algunas horas y yo tenía que volver al hostel, buscar mi pasaporte y llevarlo a la oficina de Ryan Air antes de las seis de la tarde.

Volvimos a la cama.

Finalmente nos levantamos y fuimos al hostel a buscar el pasaporte. En el camino encontramos una especie de negocio de segunda mano lleno de cachivaches. Entramos y esa fue la primera vez que vi una hermosa lampara con forma de gato. Era muy incómoda como para viajar con ella. Pero deseé poder tenerla.

Luego fuimos a la estación central, terminé el trámite y caí en la cuenta: al día siguiente tenía que partir hacia Londres.

Nos fuimos de paseo por el centro de Hamburgo.

El estado de fascinación mutua era tal que me pidió que me quede en su casa esa noche también. Así que fuimos a buscar todo mi equipaje al hostel.


Esa noche cocinamos algo con albahaca y bailamos canciones de hip hop en la cocina. Esa noche hablamos sobre muchas otras nimiedades y el piso de madera gastada y los gatos que ibanvenían y el plástico con estampado de flores pegado a la mesa.

La cama con esa funda amarilla y el edredón gigante, pesado a un costado.

Esa noche nos quedamos dormidos dándonos besos.


A la mañana siguiente, Théo dijo


-Do you want some cocoa?


sábado, 16 de enero de 2010

29 de junio /// hamburgo

La mañana del lunes 29 de junio en Hamburgo fue una bastante, bastante soleada. Al punto que hacia las siete de la mañana el resplandor del sol en la ventana me hizo despertar y en cuanto miré a la derecha, ví que en la cama de al lado un punk de pelo rosado dormía junto a una chica que se babeaba un poco.



Seguí durmiendo.


Un par de horas después, abrí los ojos de nuevo, pero esa vez, la chica al lado del punk ya no estaba. Por el contrario, el chico punk estaba armando la mochila.



Seguí durmiendo.



Algunas horas después, cuando todos en la habitación se fueron, me levanté, me arreglé un poco y salí a buscar algo para desayunar y a hablar por teléfono: el número de Théo en mi bolsillo.


Ir al supermercado en Alemania, cómo ya mencioné antes, es una experiencia extranatural por excelencia.



Y en ese momento, Alemania me pareció ser el único lugar del mundo dónde, en el supermercado, le dedican más de una góndola a los productos hechos de chocolate.



Las galletitas tenían chips de verdad y simplemente eran chocolatosamente interminables.



Antes de pasar por el supermercado, fui a hablar por teléfono.



Llamé por primera vez y me atendió una chica que dijo que llame a Théo al cabo de cinco minutos.



¿Una chica? ¿Qué me decía que llame de nuevo en cinco minutos? ¿Que Théo no podía atender?



Empecé a sentirme un poco tonta, pero en el súper me distraje con las variedades de salchichas -frankfutern- en la sección de congelados.



Pagué mis cosas y volví al kiosco para llamar a Théo. Un ring, dos ring, voz de mujer. puta madre.



"Théo sez jis gouin tchu pik iu ap at seven at de joustel"



"Théo me va a pasar a buscar a las siete por el hostel. Si!" pensé.



Esperaba para pagar la llamada cuando un pibe de aspecto punk, raro y descuidado entró al kiosco. En su hombro izquierdo llevaba algo que parecía una rata muerta. Pero no podía ser una rata muerta. ¿Estaría viva? ¿No sería raro que aunque esté viva luzca como muerta?



Pagué y me fui.



Desayuné en el hostel y empecé a pensar que si quería llegar a tiempo al concierto de Blur en Londres aquel miércoles, debía comprar un pasaje lo antes posible.



Chequée mis opciones en internet, pero para comprar un pasaje barato necesitaba tener una tarjeta de crédito. Y la tenía, pero simplemente no quería usarla porque la idea era tenerla en caso de emergencia.



Así que se me ocurrió salir a buscar una agencia de viajes o alguna forma de llegar a Londres desde Hamburgo.



Caminé algunas cuadras cuando me topé con Thurston. Él iba al banco, así que lo acompañé ya que me invitó a desayunar luego de hacer lo que sea que tenía que hacer en el banco.



Durante el desayuno, le conté sobre el asunto que tenía con el pasaje a Londres. Me dijo que podíamos ir a una agencia de viajes que estaba cerca de ahí. Él pidió un café, yo una coca-cola. La mesera nos sacó una foto con mi cámara. Algunas personas lo saludaron (evidentemente Martin tenía razón y era popular en el vecindario), pagamos y nos fuimos.



En la agencia de viajes, descubrí que un pasaje para salir hacia Londres al día siguiente o al siguiente, salía más de 150 euros que no estaba dispuesta a pagar.



Fuimos a la casa de Thurston y chequeamos pasajes en internet. No eran mucho más baratos y aparte, necesitaba una tarjeta de crédito. Thurston ofreció prestarme la suya, pero no podía aceptarlo. Le dije que iba a buscar otra solución, que no se preocupe, que usualmente consigo lo que quiero.



Así que nos despedimos y me fui al centro de Hamburgo a buscar un pasaje a Londres, ropa barata en H&M o lo que sea que tenga que encontrar.



Hamburgo es una ciudad portuaria. Hay bares que podrían frecuentar los marineros lo cuál hace que la decoración sea muy obvia. En las remeras, bolsos y demás objetos turísticos, el símbolo de Hamburgo es un ancla. Hay muchos jardines y algunas avenidas.



Al llegar a la estación central de ómnibus, intenté averiguar las diferentes formas de llegar a Londres.



La solución se presentó en forma de pequeña oficina de RyanAir. Así que por algunos euros, compré un pasaje de avión para salir hacia Londres el miércoles 1 de julio hacia las ocho y media de la noche.



El único inconveniente era que tendría que regresar al día siguiente porque sin darme cuenta había salido sin el pasaporte. Así que dejé el pasaje reservado y prometí regresar.



Cuando llegó la hora siete, Théo apareció en la puerta del hostel con la bicicleta y esperó por mí. Lo ví llegar a través de la ventana del primer piso que daba a la calle. Yo y mi costumbre de mirar por la ventana.



Nos saludamos y comenzamos a caminar hacia lo que Théo llamaba el costado trasher de Hamburgo: La zona de los bares de borrachos, los junkies y los cabarets. Luego fuimos a la casa de los Beatles en Hamburgo:



"HIER WONHTEN DIE BEATLES 1960"



Aquel día, fue el día más largo del verano y nosotros, casi dos perfectos extraños, caminábamos siguiendo el mismo compás y el tiempo parecía no pasar. Todo, absolutamente todo era motivo para sonreir, seguir caminando y hablar más.



Al atardecer, fuimos a un lugar llamado "Park Fiction": era una plaza grande cerca del puerto, había una cancha de fútbol y dispuestas por todo el lugar, palmeras de metal, de mentira, de color verde en las supuestas hojas y marrón en el tronco.



Nos sentamos y Théo se puso a armar un cigarrillo de tabacco mezclado con marihuana. El ambiente era agradable, los chicos jugaban a la pelota, la gente se divertía. Se respiraba buen humor.



Una vez terminamos de fumar fuimos para el lado del puerto.



Pasamos con la bici por la puerta de un restaurant muy elegante. En la puerta había mesas y sillas. Théo me contó que una vez, una chica que quería montárselo con él, lo invitó a comer ahí. Cuando nos alejamos un poco, me hizo notar que había escuchado que un par de comensales se rieron de nosotros, de nuestro paseo en bicicleta, nuestras sonrisas y eso.



-dont' you worry. They just don't get it.- dije.



Él sonrió y ahí pude entender que él sí lo había entendido.



La noche cayó y fuimos a seguir fumando a un parque que hace muchos muchos años había sido un cementerio. Sentados en un banco, en la oscuridad, cantamos canciones, hablamos sobre gatos, barcos y anclas y de repente, era muy tarde.



Salimos del parque y pensamos en que podríamos hacer. Después de mucho vacilar, decidimos ir a su casa. Yo simplemente no quería volver al hostel y simplemente queríamos seguir hablando.



Fuimos caminando. Pasamos por una avenida. Un auto chocado, sirenas de la policía. Daba igual, era la felicidad.



Al llegar, Théo empezó a murmurar algo como mitz mitz.



Abrió la puerta, entramos, y dos cascabeles con gatos detrás aparecieron. Eran Uschi y Bronko.



Joder. Soy alérgica a los gatos y éstos dos eran muy peludos.



Elegimos una película y antes de empezar a verla Théo hizo un llamado telefónico. Cuando cortó, me dijo:



-Listo, mañana no trabajo.
-¿Cómo que no trabajás?
-Si. No tengo ganas de ir mañana. Así que no voy.



Théo puso "All about Eve" en la computadora y a la hora de película, el sueño me encontró en ese sillón, no muy cómodo que digamos. Entresueños, sentí cómo Théo apagaba el artefacto y se iba a dormir a su cama, dejándome en el sillón. Minutos después, sentí una manta que me cubría.



Para ser un sólo día, habíamos pasado más de siete horas juntos.

jueves, 5 de marzo de 2009

40

para celebrar el relato/divague/ lalala #40, les dejo una historia verídica, o sea de la vida real, sobre como entré a ver a Bob Dylan por la módica suma de 30 pé ($, no penélope cruz, dado que en españa, así como nosotros decimos susana diego beck, a la actriz le dicen así)



El primer disco que escuché de Bob Dylan fue en el año del novio juanmanuel. Éste, con mucho amor y dedicación, me grabó Highway 61 Revisited en un cd que tenía varios discos más en formato mp3. En ese disco estaban también, y primeros por un asunto alfábetico supongo, Hunky Dory, Ziggy Stardust y Aladin Sane de David Bowie.


Y ahora que lo pienso, Bob Dylan y David Bowie tienen las mismas iniciales pero al revés.


El asunto es que después de escuchar tres discos tan inmensos como esos, dudo que a alguien le quede espacio mental para más inmensidad. Por ese motivo, Highway 61 Revisited no me impresionó tanto como lo hicieron aquellos discos que mencioné.


De todas formas, en uno de esos discos había un indicio del enamoramiento posterior que experimentaría por el otrora señor Zimmerman.


Porque en Hunky Dory, efectivamente, hay una canción para Bob Dylan.


Y al año siguiente, tuve otro novio. Éste novio, no se podría decir que era fanático de Bob sino que era directamente un ferviente devoto (en el sentido más religioso de la palabra) de él.


Y justamente por negación, porque los fanatismos me molestan, en todo el año que duró la relación, jamás escuchamos nada de Dylan, y yo simplemente decía "escuché Highway 61 y no me impresionó" como excusa a esa devoción que creía injustificada.


Y me acuerdo que él siempre decía que si tenía un hijo le iba a poner Dylan, y entonces, yo simplemente pensaba que era una idea estúpida.


Que equivocada que estaba.


Y cuando se terminó el tema ese, recién ahí, cuando dejé ir al novio judíoenfermodeBobDylan, escuché Blonde on Blonde, y ahí entendí todo.


Y tenía sentido que Bob fuese el mesías y que se haya negado a serlo.


Todo cuadró perfectamente.


Fue en el verano que pasé con Pedro. Y es que Blonde on Blonde es tan gigante, tan obra maestra, que deconstruirlo me tomó una estación entera.


Y así como llegó marzo, llegó el otoño y también llegó Bob. Y claro que yo no tenía entradas.


Nunca tengo entradas.


Y era el 15 de marzo, y Bob estaba. Y esa tarde me encontré con un amigo. Y decididos a verlo como estábamos, fuimos a su encuentro.


Llegamos, y conseguir entradas era complicado. El telonero, era León Gieco, un artista que no me gusta en absoluto. León Gieco es tan, muy, tan opuesto a Bob. Es que él es tan... bono. Por suerte lo perdimos. Pero encontramos a un grupo de locos.


Locos de verdad.


Y si, resulta que hay una disposición que dicta que los enfermos, minusválidos y esas cosas tienen derecho a asistir a shows o eventos deportivos sin pagar nada. Es una disposición. Es.


Y ahí estaban ellos, que naturalmente, querían ver a Gieco. Amontonaditos, completamente pasados. Y nosotros con nuestras caras de sin entrada. En un momento dado, uno de ellos se nos acercó. Sigilosamente nos preguntó si queríamos entrar, le dijimos que si.


Cincuenta pesos a cada uno pidió.


No way man, estamos hablando del campo.


Treinta, hecho.


Así fue como por ese día, por unos minutos, fui la acompañante terapeutica de una mujer sin dientes que no paraba de reirse, que amenazaba a los guardias de seguridad, que empuñaba una botella de gaseosa barata con quien sabe que líquido adentro.


Finalmente entramos. Y nos separamos de los locos.


Fui al encuentro de mi novio de ese momento. Y lo besé cuando Bob (que de tan lejos podía ser Joaquin Sabina con sombrero y nunca lo sabría) tocó Just Like A Woman.


Que tardé en reconocer.


Pero que amé lo mismo.


Porque es así: hay chicas que aman a sus novios.


Y chicas que aman a Bob.


Como yo.


Y para siempre.




Oh, hear this Robert Zimmerman
I wrote a song for you
About a strange young man called Dylan
With a voice like sand and glue
Some words of truthful vengeance
They could pin us to the floor
Brought a few more people on
And put the fear in a whole lot more

miércoles, 26 de noviembre de 2008

gran despedida

En el verano del año 2005 trabajaba en una fábrica de chucherías en el barrio de chacarita. No fue un verano como cualquier otro, ya que ese verano fue uno de los primeros en los que tuve que trabajar y realmente el tiempo constituía una extraña dicotomía, valga la redundancia, temporal. De 8 a 17 el tiempo pasaba tan lento que una semana equivalían a dos y de las 17 en adelante, pasaba tan rápido que una semana era apenas uno o dos días.

En la esquina de la fábrica había un kiosco que era atendido por el marido de una de las mujeres que trabajaban conmigo. Estoy convencida de que el kiosco sobrevivía gracias a los empleados, casi exclusivos clientes en un barrio donde nunca pasaba nada y peor aún nadie. Era extraño ver las calles y las paradas de colectivos atiborradas de personas hacia el principio y lo que sería el principio del fin del día y el resto del tiempo... poca gente por ahí: señoras con los mandados, y gente que paseaba perros, algún que otro niño que había zafado de la colonia de vacaciones y no mucho más. Eso era Chacarita aquel verano. Es así como lo recuerdo.

Antes de salir hacia el trabajo siempre veia las noticias en la televisión. Al trabajar en una fábrica uno no se entera demasiado de las cosas que suceden en el mundo, y si bien la radio es una compañia que sirve para éstos menesteres, por preferencia general, en la que yo no me incluía, se escuchaba radio disney o cualquier otra fm que pasara canciones de shakira, alejandro sanz o cualquier porqueria que estuviera de moda.

Y bueno, la mañana del 25 de febrero, me desayuné con la noticia de que Pappo se había muerto en la ruta, en un accidente con la moto. Fue una noticia triste pero cuando, en el transcurso de la mañana, se comentó entre los compañeros de trabajo mientras hacíamos nuestras cosas, nadie le dio demasiada importancia. Para ellos, supongo que Pappo no era más que el tipo que cantaba la canción de la vieja.

Así transcurrió el día. Hasta las cinco de la tarde.

Fue entonces cuando a la salida del trabajo vi que el kiosquero estaba cerrando. Era raro. Eran las cinco de la tarde:
- ¿eh claudio que hacés que cerrás tan temprano?
- me voy para el cementerio, a despedir al Carpo- me respondió. Aparentemente el kiosquero tenía una cierta afición musical hasta entonces secreta para mi.
-¿posta? uuu voy con vos
-dale, venite

Así fue como en cuanto terminó de bajar la cortina, paramos un taxi y le pedimos que nos lleve al cementerio, que en realidad era bastante cerca, lo más rápido posible.
- miren que está bastante complicado - dijo el tachero - con el tema de lo de Pappo...
- yo vi en la tele que el coche llega a las cinco, espero que no sea muy tarde - dijo claudio
- ¿sabés en donde es exactamente? - pregunté
- me parece que en el panteón de sadaic, igual nos vamos a dar cuenta porque seguro que algún otro fanático va a ir - respondió el señor kiosquero.

Cuando llegamos, no lo podía creer: el lugar estaba muchísimo más que atestado de gente. Más llamativo aún, era el hecho de que el 80% de la concurrencia estaba vestida de negro, (y no porque fueran al cementerio claro está) y no pocos ostentaban campera de cuero ( o pantalones en su defecto ) y tachas en pleno febrero y con muchísimo calor.
Enseguida perdí a mi acompañante y me encontré con la soledad de la multitud. Lleno de metaleros, podría asegurar que si bien estaban tristes, no lo demostraban. El Carpo no hubiera querido eso, aunque seguramente se habría sentido orgulloso del tremendo pogo que se armó en cuanto llegó, retrasado por supuesto, el auto que contenía sus restos.

En cuanto los metaleros se dieron cuenta de la llegada, no dudaron en poguear y cantar a los gritos Sucio y Desprolijo. Y yo en el medio. Algunas personas se habían subido a los techos de los panteones aledaños para ver mejor el cuadro. No sería poco aquella marea negra descontrolada en el cementerio. Pogueando como si aquella fuera la última vez. Que lo era.

Gente desconsolada, amigos, desconocidos, fanáticos, y viejas. Juro que en ese lugar había más de una vieja que afirmaba que "Norberto era un buen chico" y allí estaban para despedirlo como se lo merecía. Cuando el coche llegó al panteón, los metaleros se calmaron y lejos de la época del mp3 y esas cosas, recordaron cuando habían conseguido tal o cuál pirata en el parque rivadavia y cuando Pappo había hecho tal o cuál cosa en tal o cuál recital. Eran muchos, y de todas las edades. De negro, con remeras de bandas y jeans rotos.

No obstante lo cuál, no faltó un detalle de color que me pregunto, habrá visto alguien más: en el medio del pogo, cuando llegó el coche, se encontraba en el medio de esa hecatombe, supongo que sin intención de estar en medio de esa horda de descontrolados, un glamourosisimo Michel Peyronel que no paraba de vociferar "Chicos se me perdió el celular, ¿alguien lo vio?". Creo que nadie lo escuchó a propósito.

No podría asegurar que aquello era una fiesta, pues no había nada que festejar, pero si puedo asegurar, que esos "todas las mañanas son iguales" eran cantados con un gran, grandísimo sentimiento y ese pogo uniforme era la demostración más genuina de cariño que alguna vez presencié.

Aquel verano en el que trabajé en esa fábrica, todas las mañanas eran iguales. Afortunadamente las tardes no. Lástima el motivo de que esa tarde haya sido así.