lunes, 11 de mayo de 2009

rockeros -inoperantes- de vacaciones (VII)

Si! a pedido del público (?) vuelve vuestra saga favorita, la de los inútiles que comen cosas enlatadas, hacen dedo y toman un taxi y mil incoherencias más!
Creyeron que iba a cambiar el tamaño de la tipografía!?
pues gracias a vuestra solidaridad... No!





El cerro Uritorco se estaba prendiendo fuego y nosotros acábabamos de bajar del micro. Sin dar demasiadas vueltas, nos pusimos a averiguar sobre posibles opciones de lugares para acampar.

En la terminal de Capilla del Monte no supieron que decirnos, salvo que quizás los campings cercanos al cerro posiblemente estuvieran cerrados debido al incendio.

Nos pusimos a caminar, cansados, con las mochilas más pesadas que nunca, y con lo primero que nos cruzamos, fue con algunos hippies vendedores de artesanias para drogadeptos.

Les pedimos indicaciones y (predeciblemente) nos dijeron que era muy probable que el camping municipal, el más alejado del cerro, estuviera lleno, pero igual nos alentaron a probar suerte yendo en esa dirección, ya que al lado había otro camping.

Acto seguido nos mostraron sus productos: hechas con caña (si, de esa que se usa para hacer muebles inmundos) y tapitas de metal de fernet barato, pintados con quien sabe qué de un color marrón bastante feo, y adornados con chirimbolos de masilla o plastilina, los hippies, por tan sólo 10 pé las grandes, 5 pé las pequeñas, ofrecían las pipas más indisimulables y mayor consumidoras de marihuana del mundo.

Loli y el Pololo rápidamente declinaron la oferta, pero yo, nunca voy a saber por qué, empecé a considerarla.

Ellos caminaban apesadumbrados, y yo, maravillada como un indio frente a espejitos de colores, consideraba comprar alguno de esos artefactos espantosos.

Cuando Loli se dio cuenta, empezó a agarrarme del brazo y el Pololo empezó a decir "bueno, buenos, vamos" y yo me quedaba charlando y ELLOS me convencían sin demasiado esfuerzo.

Finalmente, después de pensarmelo dos minutos, desembolsé cinco pesos y me hice acreedora de la pipa más inmunda, menos discreta y más desperdiciadora de marihuana jamás concebida por el hombre.

Loli no podía salir de su asombro y el Pololo ni siquiera opinaba. A los 30 segundos empezaron a reirse y durante el resto de las vacaciones, cada vez que querían reirse de y no conmigo, sacaban a relucir el asunto de la pipa y buscaban explicaciones para dicho despropósito.

Mi excusa fue tan estúpida como la acción: "Es que necesitaba comprar algo"


Cuando Loli y el Pololo lograron reponerse del ataque de risa, seguimos con la busqueda de un lugar donde acampar. Era casi las nueve de la noche, y, preguntando e intentando no perdernos, fuimos al camping municipal.

La respuesta en este, y en los siguientes lugares, fue la misma: "como el cerro se está prendiendo fuego, los acampantes de los otros campings se vinieron para acá: no hay lugar".

De vuelta a la civilización, o sea, la calle principal, rendidos, nos tiramos en la calle a esperar que la suerte nos cambie.

En realidad, el Pololo se tiró a quedarse ahí con las mochilas. Loli se fue a buscar quien sabe qué y yo me fui a buscar la casa de la familia Núñez, una gente que, según nos dijeron en un kiosco, alquila su jardin para que la gente como nosotros acampe allí.

Después de caminar varias cuadras, descubrir que esa familia es un invento de la imaginación del kiosquero, que la gente en Capilla vive literalmente con la puerta abierta, notar cuan lindo es el lugar ese en sí y reflexionar sobre los motivos de mi reciente adquisición, decidí volver al campamento homeless en la principal.

Antes de retirarme definitivamente de la búsqueda, entré a un hotel a preguntar si había lugares. Era una residencia rosada con varios jóvenes sentados en su porche, al que se llegaba luego de subir unas escaleras. En la recepción no había nadie y cuando le pregunté a una chica con auriculares respecto a este hecho, hizo como que no entendía y me respondió con "auerhgt?". Me fui.

Todos los homeless tienen un perro, y nosotros no podíamos ser la excepción. Al llegar al lugar donde estaba el Pololo, noté que un pulgoso integrante se había sumado a nuestro disfuncional grupo de viaje.

Lo bueno de Capilla del Monte es que la calle principal está techada, así que si teníamos que dormir en la calle, por lo menos no sería a la intemperie.

El perro daba vueltas, Loli puteaba y el Pololo ya estaba resignado. En eso, apareció un niño que se puso a juguetear con el animal e inmediatamente su madre.

Ambos llevaban el mismo sweater, de esos que están hechos como con lana de llama o como quiera que se diga. Con motivos de la puna o algo así, el sweater del niño era una réplica en miniatura del que usaba su madre. La mujer, muy amable, se puso a charlar con nosotros, le contamos nuestro problema y nos dijo:

-en mi camping creo que hay lugar y no pasa nada con el tema del incendio

Rápidamente le dimos nuestro número de teléfono y ella, que ya se volvía a su camping, prometió llamarnos en cuanto supiera si podíamos ir allí.

Mientras esperábamos el llamado, el Pololo siguió jugando con el perro y nosotras nos fuimos a dar vueltas. Había que pensar en la comida, un tópico que habíamos descuidado.

Finalmente, en el medio, la llamada llegó y empezamos a juntar todo como para ir al camping que nos indicó la mujer. Como no podía ser de otra manera, contratamos un remis que tuvimos que esperar un rato largo porque con el tema del incendio "había muchos pedidos y pocos autos".

Fuimos a un kiosco a abastecernos de provisiones y rápidamente revivimos el episodio del día anterior en Nono: en el almacen del camping, los tres, tardando quince minutos para comprar algo de fiambre y unas papas fritas.

El Pololo es vegetariano, así que la comida no es un detalle menor. Y así, de la misma forma en que se puede tardar más de un cuarto de hora, sin reparar en la creciente cara de fastidio del que atiende y de los clientes detrás nuestro que no paran de bufar, en elegir, como dice Loli, "dos boludeces", se puede tardar la misma cantidad de tiempo en un kiosco. Que a mi no me gusta el matambre, que el Pololo no come carne y que a mi cualquier cosa me da lo mismo pero "esa fritanga no me la como ni en pedo", así todo el tiempo.

Finalmente el remis llegó y pusimos nuestras mochilas en el baul. En el camino notamos como un viento poderoso se levantaba a medida que nos acercábamos al camping. Era casi las once de la noche y después de dar millones de vueltas, habíamos encontrado un lugar donde dormir.

8 comentarios:

Leo dijo...

Como te hacés desear, Jota, hace meses que me muero por saber cómo seguía esta historia. Te comento antes de leerla porque es un gustito que voy a disfrutar de a poco. Sé que el post está y lo leo despacio.

Leo dijo...

¡Yo conozco esa pipa!
¡Yo fumé de esa pipa!

johana marshall dijo...

leo:
dejá de drogarte porque así te va a ir... ni para fumar pasta base servía esa pipa!

y a ustedes, lectores ingratos, firmen algo, lo que sea, yo me tomo la molestia de seguir la historia y ni el anónimo mala onda aparece

dale anónimo, por favor, comentá! con un "QUE RELATO DE MIERDA" me harías muy feliz

mua
j.

otro Anónimo dijo...

que relato de mierda

johana marshall dijo...

:D

Anónimo dijo...

esta terrible, no le des bola a los qe te tiran abajo!!! jejej esta barbaro tu blogs, como sigue la historia? algo bueno les tiene qe haber pasado!!!

Anónimo dijo...

lo bueno esta por venir......

Recontra dijo...

Dios te bendiga, entonces...