miércoles, 26 de noviembre de 2008

gran despedida

En el verano del año 2005 trabajaba en una fábrica de chucherías en el barrio de chacarita. No fue un verano como cualquier otro, ya que ese verano fue uno de los primeros en los que tuve que trabajar y realmente el tiempo constituía una extraña dicotomía, valga la redundancia, temporal. De 8 a 17 el tiempo pasaba tan lento que una semana equivalían a dos y de las 17 en adelante, pasaba tan rápido que una semana era apenas uno o dos días.

En la esquina de la fábrica había un kiosco que era atendido por el marido de una de las mujeres que trabajaban conmigo. Estoy convencida de que el kiosco sobrevivía gracias a los empleados, casi exclusivos clientes en un barrio donde nunca pasaba nada y peor aún nadie. Era extraño ver las calles y las paradas de colectivos atiborradas de personas hacia el principio y lo que sería el principio del fin del día y el resto del tiempo... poca gente por ahí: señoras con los mandados, y gente que paseaba perros, algún que otro niño que había zafado de la colonia de vacaciones y no mucho más. Eso era Chacarita aquel verano. Es así como lo recuerdo.

Antes de salir hacia el trabajo siempre veia las noticias en la televisión. Al trabajar en una fábrica uno no se entera demasiado de las cosas que suceden en el mundo, y si bien la radio es una compañia que sirve para éstos menesteres, por preferencia general, en la que yo no me incluía, se escuchaba radio disney o cualquier otra fm que pasara canciones de shakira, alejandro sanz o cualquier porqueria que estuviera de moda.

Y bueno, la mañana del 25 de febrero, me desayuné con la noticia de que Pappo se había muerto en la ruta, en un accidente con la moto. Fue una noticia triste pero cuando, en el transcurso de la mañana, se comentó entre los compañeros de trabajo mientras hacíamos nuestras cosas, nadie le dio demasiada importancia. Para ellos, supongo que Pappo no era más que el tipo que cantaba la canción de la vieja.

Así transcurrió el día. Hasta las cinco de la tarde.

Fue entonces cuando a la salida del trabajo vi que el kiosquero estaba cerrando. Era raro. Eran las cinco de la tarde:
- ¿eh claudio que hacés que cerrás tan temprano?
- me voy para el cementerio, a despedir al Carpo- me respondió. Aparentemente el kiosquero tenía una cierta afición musical hasta entonces secreta para mi.
-¿posta? uuu voy con vos
-dale, venite

Así fue como en cuanto terminó de bajar la cortina, paramos un taxi y le pedimos que nos lleve al cementerio, que en realidad era bastante cerca, lo más rápido posible.
- miren que está bastante complicado - dijo el tachero - con el tema de lo de Pappo...
- yo vi en la tele que el coche llega a las cinco, espero que no sea muy tarde - dijo claudio
- ¿sabés en donde es exactamente? - pregunté
- me parece que en el panteón de sadaic, igual nos vamos a dar cuenta porque seguro que algún otro fanático va a ir - respondió el señor kiosquero.

Cuando llegamos, no lo podía creer: el lugar estaba muchísimo más que atestado de gente. Más llamativo aún, era el hecho de que el 80% de la concurrencia estaba vestida de negro, (y no porque fueran al cementerio claro está) y no pocos ostentaban campera de cuero ( o pantalones en su defecto ) y tachas en pleno febrero y con muchísimo calor.
Enseguida perdí a mi acompañante y me encontré con la soledad de la multitud. Lleno de metaleros, podría asegurar que si bien estaban tristes, no lo demostraban. El Carpo no hubiera querido eso, aunque seguramente se habría sentido orgulloso del tremendo pogo que se armó en cuanto llegó, retrasado por supuesto, el auto que contenía sus restos.

En cuanto los metaleros se dieron cuenta de la llegada, no dudaron en poguear y cantar a los gritos Sucio y Desprolijo. Y yo en el medio. Algunas personas se habían subido a los techos de los panteones aledaños para ver mejor el cuadro. No sería poco aquella marea negra descontrolada en el cementerio. Pogueando como si aquella fuera la última vez. Que lo era.

Gente desconsolada, amigos, desconocidos, fanáticos, y viejas. Juro que en ese lugar había más de una vieja que afirmaba que "Norberto era un buen chico" y allí estaban para despedirlo como se lo merecía. Cuando el coche llegó al panteón, los metaleros se calmaron y lejos de la época del mp3 y esas cosas, recordaron cuando habían conseguido tal o cuál pirata en el parque rivadavia y cuando Pappo había hecho tal o cuál cosa en tal o cuál recital. Eran muchos, y de todas las edades. De negro, con remeras de bandas y jeans rotos.

No obstante lo cuál, no faltó un detalle de color que me pregunto, habrá visto alguien más: en el medio del pogo, cuando llegó el coche, se encontraba en el medio de esa hecatombe, supongo que sin intención de estar en medio de esa horda de descontrolados, un glamourosisimo Michel Peyronel que no paraba de vociferar "Chicos se me perdió el celular, ¿alguien lo vio?". Creo que nadie lo escuchó a propósito.

No podría asegurar que aquello era una fiesta, pues no había nada que festejar, pero si puedo asegurar, que esos "todas las mañanas son iguales" eran cantados con un gran, grandísimo sentimiento y ese pogo uniforme era la demostración más genuina de cariño que alguna vez presencié.

Aquel verano en el que trabajé en esa fábrica, todas las mañanas eran iguales. Afortunadamente las tardes no. Lástima el motivo de que esa tarde haya sido así.

2 comentarios:

N. dijo...

lamentablemente no lo presencié, no obstante lo cual, lo vi por TV y pensé en lo genial que hubiera sido estar en ese pogo de cuero negro y calor de verano.

Franky dijo...

Que grande papo, un gigante. hace poco me enteré que "no puedo evitar a que vengan hacia mí los sanguches de miga" lo escribió de pepa. Era algo literal.

Ya comenté antes, gran blog.